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10 de las más populares leyendas de la cuidad de Zacatecas
Baile en el Panteón del Refugio
Cuenta una voz popular de la vieja Ciudad de Zacatecas, que allá por el año de 1860, cuando nuestro país era teatro de sangrientas guerras entre liberales y conservadores, pertenecía a la guarnición un capitán de nombre Augusto Pavón. Se encontraba el aludido militar en la plenitud de la vida, andando en los veintinueve años. Era alto, esbelto de movimientos airosos, rostro de tez blanca, ojos azules, boca atrevida que lucía unos bigotes rubios, como el pelo de su cabeza, arreglados siempre con esmero. Su porte marcial al que daba mayor gallardía el flamante uniforme, era la admiración del bello sexo y su trato afable y correcto avíale granjeado el aprecio y estimación de sus amistades, las muchas hazañas que de él se contaban lo hacían popular en la ciudad.
Había por ese tiempo en la Plaza de la loza, llamada también del Laberinto, una fonda denominada la Luz de la Aurora, que gozaba de numerosa clientela debido a las gracias de su dueña: una morena de veinte primaveras y arreboladas mejillas, llena de atractivos y que tenía por nombre o sobrenombre, que esto no hemos podido averiguarlo, Amparo de la Felicidad. El establecimiento en cuestión era reducido pero lo bastante amplio para contener hasta cuatro mesillas, cada una con asientos para seis personas. Su adorno, por demás sobrio, consistía en un jarrón con flores que de mañana traía del Portal de la Fábrica la bella fondera para ponerlas a las plantas de un Santo Cristo de tosca escultura, que se encontraba pendiente de la pared en el costado derecho del establecimiento y del cual era ferviente devota Amparito de la Felicidad.
En el marco de la puerta que daba acceso a la cocina estaba un perico sobre una estaca, parlando lo más del día y llamando por su nombre a casi todos los parroquianos; un perezoso gato café, de pelo esponjoso, pasaba buenos ratos durmiendo debajo de alguna de las mesas, mientras que un perro negro de pelo sedoso y brillante, haciendo honor a su nombre de Centinela, permanecía sentado a la entrada de la fonda; recibiendo, de cuando en cuando, las caricias de los visitantes y sin hacerle extrañamiento a una murga callejera que casi a diario deleitaba a la concurrencia durante las horas de la comida. Contábase entre los abonados allí nuestro capitán, objeto de especiales atenciones y deferencias por parte de la dueña, así como también veíase honrado frecuentemente el establecimiento con las visitas de un empleado público llamado Juan Ponce, no menos atendido que el anterior. El mencionado Juan Ponce era un pícaro de siete suelas, de rostro rubicundo y de algo más edad que el soldado, sin querer decir con esto que llegase a la madurez.
Eran de verse las buenas migas que hicieron desde el primer día de conocerse los dos personajes, siendo rara la vez que Augusto iba sin la compañía de Ponce a tomar sus alimentos, y se procuraban tanto y la familiaridad de ambos llegó al grado de no poder estar el uno sin el otro, en sus ratos de ocio. Aunque dejamos ya dicho que entre los dos repartía sus atenciones la guapa moza, era manifiesta, sin embargo, su predilección por el capitán, para quién abrigaba la más secreta pasión, sin que él hubiese caído en la cuenta. Diariamente, las sobre mesas prolongábanse más de lo debido, y especialmente en las noches, hasta horas muy avanzadas, no siendo raro que los sorprendiese la aurora en su animadas charlas; ya refiriendo el presuntuoso militar sus temerarias hazañas; ya haciéndolos pasar Juanito Ponce amenos ratos con chistes y agudezas; ya Amparito entonando sentimental canción de la paloma, con su voz entonada y quejumbrosa, canción de muy agrado de sus amigos, porque les traía a la memoria sus mejores recuerdos, y por estar muy en boga en aquel entonces, habíanle granjeado fama a la muchacha de buena cancionera, cuya fama pregonaba a los cuatro vientos sus numerosos admiradores y todos aquellos de sus parroquianos a quienes les había tocado en suerte regalarse con las dulzuras de sus garganta. Al apagarse los últimos acordes de su guitarra, el militar y el empleado premiaban su labor con nutridos y prolongados aplausos. No fueron pocas las veces en que los dos amigos, después de cenar, salieron de allí con muchos otros militares y civiles, en animado gallo, a canturrear, a los acordes de la orquesta, al pie de los balcones de las guapas zacatecanas recorriendo así de este modo y manera, las románticas calles de la Muy Noble y Leal Ciudad de Zacatecas. En esta forma gastaban entre ellos la vida, distribuyendo el tiempo entre las obligaciones de su profesión y las continuas parrandas y disipaciones.
Cuando más felices se sentían los tres amigos: la fondera, el empleado y el militar, negra nube oscureció la dicha. El regimiento al cual pertenecía el capitán Pavón recibió orden de salir de campaña. Cuando hubo éste cumplido con su deber social de despedirse de sus amigos, encaminó sus pasos a la fonda; en ella le esperaba su camarada Ponce, el soldado, en su interior, experimentaba inexplicable presentimiento. Contra la costumbre, bebe poco y come menos, en los momentos de abandonar la fonda, informa a sus amigos de su próxima partida, con amargura, entre caricias, recomienda a Amparito reciba un retrato suyo que un pintor debía llevarle luego lo terminase, como su familia llegaría a la ciudad muy breve, le encarecía lo pusiera en sus manos a su arribo. Por último le suplica, ya trasponiendo la puerta, le prepare suculenta cena, como para veinte personas, porque quiere pasar la noche rodeado de sus amigos con el fin de despedirse de ellos.
Veía Amparito de la Felicidad írsele el gozo al pozo, con la marcha del Capitán, pues a más de amarlo con ternura y venirle de perlas el familiar trato de los amigos, veía ascender las utilidades de su negocio con el producto del licor que esas veladas en buena cantidad se consumía, cuya cuenta quedaba siempre a cargo del militar, quien religiosamente la cubría en los días de pago. Secreta angustia le robaba la tranquilidad. A las nueve de la noche, poco más o menos, se presenta en la fonda, seguido de Ponce y varios oficiales de su mismo cuerpo que junto con él debían salir a campaña, y de algunos jóvenes de la flor y nata de la sociedad zacatecana. Al traspasar los umbrales del establecimiento, son saludados con las vivas notas de la marcha guerrera, ejecutada por la mejor orquesta de la ciudad, mandada de antemano por los amigos del Capitán.
Se comió y se bebió, se charló mucho y todos brindaron por el feliz éxito de la campaña que iba a emprender el militar. Cuando los humos del alcohol hubiéronse subido a la cabeza, la cordialidad estaba en su apogeo y Amparito, en competencia con la orquesta, deleitaba a la concurrencia con las canciones de su vasto repertorio, los asistentes pidieron a coro refiriera el Capitán cierta aventura suya muy interesante, no conocida de muchos de los allí presentes. El Capitán accede. Juanito Ponce, a quien habían hecho mucho efecto las libaciones, dejándose llevar de su carácter guasón, hace sátira del relato del militar, dando lugar a un diálogo de pullas y chifletas entre los amigos.
En lo más acalorado de la discusión, manifiesta el Capitán, picado en su amor propio, que su valor nadie lo puede poner en duda y que se siente capaz de arrastrar la más temeraria de las empresas. El empleado público, queriendo llevar la broma hasta el último grado, le propone hagan la apuesta, consistente en que cualquiera de los dos que muriese primero haría un baile en el panteón en donde estuviese sepultado, en honor del vivo viniendo personalmente por él para llevarlo. Estaba en efervescencia la cuestión, eminente era el peligro de estallar, por cuya causa los comensales para poner fin a tan inútil discusión y con el ansia de saber el desenlace del interesante relato del Capitán, manifiestan que en lugar de apuesta se haga un solemne juramento de llevar a efecto la proposición de Ponce y se deje terminar el asunto en Paz de Dios. En tanto, Amparito de la Felicidad había descolgado un Santo Cristo y encendido un cirio para el juramento.
El soldado, rodilla en tierra y con la diestra extendida ante el Crucifijo jura por Dios, que hará si muere antes de su amigo, Juan, un baile en su honor en donde él esté sepultado, viniendo por él para llevarlo a la fiesta. Todos atónitos contemplan el cuadro. La luz con destellos rojizos, realzaba la majestad del Cristo. Juan Ponce imita a su amigo y rodilla en tierra hace igual el juramento. Honda impresión causó a todos los contertulios aquel caso nacido de una broma y quitóles el deseo de seguir adelante la fiesta, por lo cual la orquesta no volvió a tocar. Desagrado y temor reflejaban los rostros de los espectadores. Uno a uno sin decir palabra, fueron despejando el lugar, a poco la fonda quedó desierta. Tan sólo Amparito, de punta ante una silla colocaba el Crucifijo en su sitio.
Hacía tres meses que el Capitán se encontraba en campaña, una tarde un soldado disperso llevó a la fonda la noticia de la derrota del regimiento y dio pormenores a la bella Amparito, de la trágica muerte del Capitán. Al saber la triste nueva, la muchacha no pudiendo disimular la pena que le causó, derramó cuantioso llanto en presencia del soldado y estuvo largo tiempo sumida en la reflexión vistiendo de riguroso luto. La familia de Pavón, que hacia pocos días había llegado a radicar a Zacatecas, tomó empeño en traer los restos del infortunado Capitán y una vez ellos en la ciudad, le dio cristiana sepultura en el panteón del Refugio, habiéndole rendido sus compañeros de armas los honores de ordenanza. Muy lejos estaba Juanito Ponce de imaginarse el triste fin de su amigo, porque a la semana escasa de haber salido a campaña, lo había comisionado el Gobierno del Estado, para desempeñar una inspección minuciosa en la Oficina de Rentas de Juchipila.
Semanas después de los acontecimientos, era el día de su santo, y sus amigos, sabiendo que había llegado, fueron a su casa habitación a despertarlo con una buena orquesta. La recepción, por parte de éste, es muy cordial, sucediéndose las felicitaciones entre los abrazos y apretones de manos, y después de haber dado rienda suelta a la alegría, bebido y cantado mucho, los amigos se retiraron de la casa, no sin recibir de parte del agasajado, formal invitación para fiesta nocturna. A las 11 de la mañana Ponce hace su aparición en la fonda, coincidiendo su entrada con la del pintor que llevaba el retrato del Capitán, quien como se recordará, le había dejado órdenes de entregarlo, tan luego como lo terminara, a la dueña de la fonda. Esta lo recibe con marcadas muestras de emoción que no pasan desapercibidas por Juan, que inquiere la causa de aquello.
La moza, pudiendo apenas dar crédito a que no supiese nada del suceso que durante muchos días había conmovido a la ciudad, se ve obligada a contar la tragedia del infortunado Capitán Pavón y como viera que el rostro de su amigo expresara una sonrisa de incredulidad, le recuerda el juramento a que está obligado. Ponce, haciendo gala de valor ante la joven, llena una copa de vino y avanza hacia el retrato. Ante él, hace un discurso asegurando que le sobrara ánimo para cumplir el juramento, y por lo tanto esperábalo para llevarlo a efecto, si era que el Cristo ante quien lo había hecho la toma de verdad en serio. Por último termina su oración invitándolo a su casa a la fiesta preparada para la noche. A las diez de la noche la casa de Juan Ponce rebosaba de invitados, encontrándose el baile en privanza. A las doce, todo mundo al comedor. Poco antes de terminar la cena, llaman a la puerta y una criada ocurre a abrir.
Vuelve luego al comedor y dice: – Señor Juan, un militar desea hablar con Usted. – ¿No le ha dicho su nombre? – contesta el interpelado – No, no señor – ¿Es viejo o joven? – No lo sé señor porque no le he visto la cara, está embozado en su capa y solo pude distinguirle su kepí bordado de oro y las botas de charol muy relucientes. – Diga usted, manifiesta Ponce visiblemente sobresaltado hoy no puedo recibirle porque tengo visitas, que vuelva mañana. Salió la criada con el recado, regresando a poco, decir que el militar insistía en hablarle y que si no le era posible salir le permitiera pasar, pues su asunto era muy urgente. Un frío mortal invade a Ponce quien recuerda al punto el juramento que hacía tres meses y la escena de la mañana en la fonda, y temblando de presentimiento mándale pasar.
En esto entra el militar embozado en un capa negra y sin decir palabra siéntase en una silla. Mil preguntas le hacen sin lograr contestación pues el permanece mudo sin descubrirse el rostro. La mayor parte de los convidados que habían sido testigos del juramento hecho en la fonda de la Luz de Aurora, no apartaban los ojos de los dos sujetos y lanzaban miradas elocuentes a Ponce, como preguntándole si a él le infundía pavor el acontecimiento. Este casi no respiraba. Cuando hubo terminado la cena el militar habló así: -”Amigo Juan Ponce un juramento hecho hace seis meses ante la imagen de un Cristo crucificado y del cual son testigos todos los aquí presentes, me ha hecho levantarme de mi tumba para dar testimonio de que con el nombre de Dios tres veces Santo no se puede jugar impunemente, y ahora por caridad te pido en nombre de la amistad íntima que en vida nos tuvimos, me acompañes a cumplirlo, para que mi alma pueda descansar en el Señor”.
Los presentes estaban inmóviles como petrificados en los asientos, Ponce, sacando fuerzas de flaqueza, toma su sombrero y acompaña al militar. Algunos de los más animosos entre los contertulios corrieron al balcón, alcanzando a ver como desaparecían las siluetas de los dos amigos al fondo de la calle de los Gallos, que en ese momento la luz de la luna plateaba. Ni una palabra pronunciaron en el camino. Al llegar a la Plazuela de Zamora detiénese Ponce en la calle que hace esquina con la calle de Manjares, donde existía por aquel entonces una tienda de abarrotes denominada “El Pabellón Mexicano” en la actualidad se llama solamente “El Pabellón”. En la planta alta del edificio vivía un virtuoso sacerdote ya entrado en años, amigo consultor de la familia Ponce y con quien Juanito se confesaba cada año por la cuaresma.
El farol dejaba ver el rostro lívido y desencajado de Ponce y la lúgubre figura del Capitán Augusto Pavón. Juanito rompe el silencio pidiendo permiso de subir a la casa para dar un recado urgente. Este asiente con un leve movimiento en la cabeza. En un abrir y cerrar de ojos tenemos a Ponce frente al sacerdote, poniéndole al tanto de lo que acontece. Sorprende mucho al sacerdote el relato de la extraña aventura y de momento no acierta a aconsejarle nada, más una vez pasada la primera impresión y como hombre ducho en reflexiones, piensa entonces las cosas y teniendo en cuenta las circunstancias que mediaron el juramento, no duda que Dios permita levantarse a un muerto de su tumba para evidenciar la trascendencia de un acto en el cual como testigo Su Divina Majestad deba intervenir.
Juanito Ponce encomendándose en su interior a toda la Corte Celestial estaba pendiente de los labios del padre, esperando oírle pronunciar palabras que lo eximieran del terrible compromiso. Afuera, en la calle, se oía el acompasado andar del militar haciendo sonar sus espuelas en el empedrado. Después de pasar el virtuoso Ministro del Señor un largo rato pensando, manifiesta de súbito a Juan, ser absolutamente necesario acompañe al soldado a cumplir su juramento, pues a juzgar con lo acontecido, no era de dudarse que se tratara de un alma sujeta por Dios a aquella prueba, para poner de manifiesto la magnitud del juramento. Ponce, confortado por el Padre, se resuelve a afrontar la situación y arrodillado y contraído hace confesión general de sus culpas y recibe la absolución más muerto que vivo y juntamente con ella un crucifijo y reliquias que el sacerdote le entrega, para auxilio en aquel duro trance.
En tanto, el Capitán había llamado a la puerta, Ponce siente el frío de la muerte correrle por todo el cuerpo. Sale sin decir palabra, atraviesan las calles los dos, la de Manjárrez y del Refugio y al llegar donde hoy se levanta la planta de luz eléctrica y antaño fuera lomerío, ve Juan una gran claridad coronado los cerros, donde partía en dirección a ellos un haz de la luz refulgente que les alumbraba el camino, y al fijar en él los ojos se encandilaba, no pudiendo distinguir en él lo que había detrás de la iluminación. Cuando estuvieron cerca de ella, una pesada puerta se oye rechinar sobre sus goznes y al abrirse escuchase las notas lúgubres de música, sólo hasta entonces pudo darse cuenta Ponce de que se encontraba a las puertas del Panteón del Refugio, convertido a esas horas en sala de baile. Algo horripilante debió ofrecerse a su vista y su terror llegó al colmo cuando el militar que hasta esa hora había permanecido embozado, se descubrió y tomándolo del brazo le instaba a pasar, Juan no fue dueño de sus actos y sintiendo venírsele el mundo encima cayó al suelo desmayado.
El sacerdote, que a larga distancia seguía a la pareja, solamente vio la claridad que coronaba a los cerros y el haz de luz que de ella partía, alumbrando el camino de los protagonistas, y cuando ésta de pronto se extinguió, corrió a saber el fin de su protegido, el cual yacía en la tierra a las puertas del Panteón del Refugio. Costóle un poco de trabajo al padre hacerle recobrar sus facultades y con bastante dificultad le llevó a casa. Después de lo acontecido, todo quedó en paz y en profunda calma, solamente la luna, desde su azul mansión, estaba atónita tras de contemplar un raro acontecimiento. Al día siguiente la versión fue del dominio público en la ciudad y aseguraban los serenos de aquellos arrabales haber visto muy entrada ya la noche, por espacio de dos horas, una intensa luz en aquel rumbo, como si el Panteón del Refugio estuviese iluminado.
Durante largo tiempo Juan Ponce fue popular en Zacatecas y en todas partes asaltaba lo la gente ávida de conocer su aventura, y al referírsela él con todos sus pormenores, terminaba siempre en las solemnes palabras que le dijera la noche de la fiesta su amigo el Capitán Pavón, al venirlo a visitar de ultratumba. No se puede jugar con el Santo Nombre de Dios impunemente
Callejón del mono prieto
La razón por lo que Doña Marciana Castillo, tuviera fama de bruja, se debía a la vida tan misteriosa que llevaba. La casa en que habitaba, estaba aislada de las demás que formaban la antigua Calle de la Merced, hoy de la Ciudad, no tenía ventanas y sobre la azotea, ostentaba un feísimo torreón con angostas mirillas y los “pretiles” estaban defendidos con pedazos de vidrio. Era fama de que en las altas horas de la noche, el torreón se iluminaba y un humo espeso nauseabundo salía por la tobera que sobre él había. Por toda compañía tenía la “hechicera”, un horrible mico, que era el terror de los chiquillos del barrio, que se creía que era el diablo en persona. Se presumía que Doña Marciana, tenía mucho dinero porque siempre que se abastecía de combustibles, en el tendajón del barrio, cambiaba monedas de oro. Sus trajes eran de seda, de varios colores, sus chales de “burato”, con largos flecos, los dedos cubiertos de anillos y en el pecho muchas sartas de corales.
Más a pesar de su indumentaria, su aspecto era repulsivo, por tener el rostro cubierto de cicatrices, los ojos ribeteados de rojo y el cuerpo contrahecho. Nunca hablaba con nadie, ni iba a la iglesia, ni daba limosna, su puerta y su corazón estaban cerrados al bien. Una vez llamó a su puerta una infeliz mujer a quien su marido, un borracho perdido, había golpeado y arrojado del humilde cuarto en que vivían, llevando un niño en los brazos y pedía por caridad, un pedazo de pan y que se le permitiera pasar la noche detrás de la puerta, por temor de que su marido la encontrase, Ella no sabía la fama de aquella mujer y si llego allí fue porque vio luz en la torre, la “bruja” no quiso socorrerla y debió asustarla el mico, porque la encontraron muerta, con el terror pintado en su rostro cubierto de arañazos, el niño había desaparecido. Los vecinos furiosos pretendieron asaltar la casa y hacer un acercamiento pero se los impidió el Comisario del barrio y como nada le pudieron probar a doña Marciana, no se hizo justicia con la “bruja”.
Pero el odio de la gente estaba encendido y no podía salir de su casa porque la esperaba un diluvio de pedradas, su puerta estaba bloqueada de basura y desperdicio y en vano pedía auxilio a las autoridades porque nadie acudía. Por fin, una noche se oyó una detonación y los aterrados vecinos pudieron ver salir llamas azules y rojas del torreón de marras, nadie fue a auxiliarla porque creyeron cándidamente que a la “bruja” se le había llevado el diablo. Al día siguiente se presentaron las autoridades y penetraron al antro; arriba en el torreón de marras, encontraron el cadáver de Doña Marciana desfigurado por la explosión, sobre de ella, estaba el mico haciendo horribles visajes dando agudos chillidos, tuvieron que lazarlo para poder acercarse a la puerta, sólo que los lazadores apretaron tanto que lo ahorcaron. No se supo que motivó la explosión, ni lo que hacia Doña Marciana en su laboratorio.
La casa fue demolida buscando tesoros que no se encontraron, el vulgo llamó al callejón donde estaba ubicada la casa “El Callejón del Mono Prieto”
Confesión de Ultratumba
Por las noches, la ciudad duerme custodiada por la luna, y nada turba su transparente calma, es mucho más bello aún la quietud de las calles y de su plaza principal.
En cierta ocasión y entrada la madrugada, llamaron fuertemente con el aldabón de hierro, la puerta de la notaria de templo de santo domingo. Al padre Martín Esqueda no le extraño que lo fueran a despertar a tales horas, dado que con frecuencia así acontecía, es decir que estaba acostumbrado a ir a administrar los sacramento a enfermos graves. Como siguieron tocando y cada vez con mayor fuerza, se levantó, se vistió, y asomó a la ventana preguntando:
- ¿Quién llama? (Una mujer de clase humilde, vestida de negro y cubierta la cabeza con un rebozo contesto)
- Yo padrecito, que vengo a rogarle me haga la caridad de acompañarme, para auxiliar a un enfermo muy grave que tengo en casa.
Como respuesta el sacerdote salió en seguida con su petaca de mano detras de la mujer que le servía de guía. Atravesaron obscuras y apartadas callejas que desembocan en la antigua plaza de toros y al llegar a ésta, la mujer se detuvo y abrió de una mísera habitación, a la que pasó el sacerdote. El cuarto estaba desmantelado, a la débil luz de una vela de sebo que estaba a la tabla de un viejo y desvencijado cajón de madera, distinguió el sacerdote al enfermo, el cual yacía sobre un sucio petate en el suelo, junto a la pared en el rincón de la estancia. Cercando al paciente estaba colocado un rustico y tosco banco de madera de tres patas y esto constituía todo el mobiliario de la habitación.
El padre se sentó en el banco y se quedó mirando al enfermo, el cual era un hombre entre los 50 y los 60 años, alto, con el cuerpo enflaquecido, rostro enjuto, demacrado y de amarillento color cadavérico, ojos verdes sin expresión que fijaba con insistencia en las vigas del techo, su anhelante y fatigosa respiración que anunciaba el estertor de la agonía, se interrumpía a intervalos por una tos seca y cascada, un sudor frío le humedecía la frente y febril temblor le sacudía su cuerpo. El padre le tomó una mano y la encontró yerta, con el frío de la muerte, por el cual comprendió la gravedad del enfermo y sin más tiempo que perder le dijo:
- Hijo mío… ¿Te sientes muy mal?
- Si padrecito (Contestó el enfermo con desfallecida voz) Y quiero confesarme.
Al oír esto, la mujer que había estado contemplando la escena, salió a la calle. El sacerdote abrió su petaca y saco la estola, se la colocó sobre los hombros y volvió a decir al enfermo:
- Bien hijo mío, dime tus pecados.
El enfermo, no obstante su gravedad, tenía completa lucidez e hizo una larga confesión de sus culpas, la que terminó entre sollozos, signo inequívoco de su gran contrición. El señor cura el terminar éste el relato de sus pecados, le confortó con sus consejos y le dio la absolución. Luego, volvió a abrir la petaca, sacó lo necesario y le administró la extremaunción. Al cabo de ponerle los santos oleos, se quitó el padre la estola y la colocó sobre una estaca de madera que estaba clavada en la pared, cerró su petaca, se despidió tiernamente del enfermo y de su mujer y se fue a su casa.
Al día siguiente, como no encontraba la estola en su petaca, recordó que había dejado olvidada en la casa del enfermo y preguntó al sacristán:
- Dime, ¿No han traído la estola de la casa del enfermo que fui a confesar anoche?
- No padre, no han traído nada.
Al punto mando a un monaguillo por ella y tras largo rato regreso, comunicándole que había tocado largo rato la puerta de la casa y que nadie le abrió; impaciente el padre mandó al sacristán, el cual tardó en volver el doble de tiempo que el monaguillo, y cuando este regreso le comunico los mismo que aquel, que tocó la puerta hasta con una piedra y que nadie le abrió, y que tenia la impresión de que la casa estaba deshabitada. El padre perdió la paciencia y fue él personalmente a la casa, con igual resultado que los dos anteriores, pues no le abrió nadie pero además se dio cuenta de el abandono de la casa.
Intrigado busco al dueño del edificio, quien al escuchar el relato del padre, le respondió:
- Padrecito, es muy raro lo que usted me dice, ¿no sería un sueño? hace mas de dos años que tengo estos cuartos desocupados y han permanecido cerrados. ¡Créame que me da miedo padrecito! Pero pronto saldremos de dudas, usted dice que la estola la dejó colgada en una estaca y ahora vamos a desengañarnos.
Al meter el dueño la tosca, antigua y pesada llave de hierro en la chapa; el padre vio que era la misma con que la mujer había abierto la puerta la noche anterior. El pasador al girar dio un rechinido, lo cual hacia notar que hacía largo tiempo que no se habría. Cuando la puerta se abrió, percibieron un fuerte olor a humedad; el padre encendió un cerillo y ambos vieron enormes telarañas colgando del techo y numerosas ratas corriendo asustadas. El piso estaba enlosado y cubierto por una gruesa capa de polvo; sin embargo la estola estaba colgada en la estaca, tal como el padre había asegurado.
Este suceso causó tremenda sensación. Se dice que el padre Ezqueda adquirió un fuerte padecimiento hepático, ocasionado por un derrame de bilis, a resultado del cual murió después de haber confesado al enfermo
La calle de los perros
El estrafalario nombre de “Cajón de Riales” conque el vulgo motejaba a Doña Nicolasa Rojas, se debía a que cuando algún indiscreto aludía a las muchas riquezas que se presumía estaba reuniendo, ella contestaba con voz quejumbrosa: “Apenas un cajoncito de riales para mantener a mis animalitos” por que su casa contenía multitud de perros de todos tamaños, razas y colores. Su oficio era de prestamista y los infelices que caían en sus garras debajan sus objetos más indispensables a cambio de unas cuantas monedas que no siempre los sacaban del apuro. Si cumplido el plazo que ella fijaba no se rescataba la prenda, se mostraba insensible y sacaba a subasta los objetos empeñados y así era como por medio de tan inmoral comercio, unos pobres eran despojados y otros obtenían por precios irrisorios útiles para su persona y su hogar. Su casa estaba situada detrás de la calle de la estación de ferrocarril y era la mejor y la más grande de aquel barrio; la ancha puerta tenía un postigo por donde hacía sus operaciones financieras a fin de que nadie penetrara en su antro, cosa que nadie deseaba por temor a los perros. Un mozo del rastro le llevaba la abundante ración de carne para sus animales. Todo el mundo la aborrecía, lo mismo que a su canina familia, por el alboroto que se armaba todas las noches, especialmente cuando había luna; los vecinos no podían dormir y un coro de maldiciones se alzaban en su honor.
Se rumoraba que traficaba con alhajas robadas, pero nadie se atrevía a denunciarla. En una ocasión llegaron unos titiriteros a esta ciudad y pusieron su carpa en la plazoleta de las carretas, eran tres hombres y dos mujeres con aspectos de gitanos; uno negro parecía el jefe. Una semana duró la carpa dando exhibiciones diarias, y cosa rara, “Doña Cajón” que nunca iba a ninguna parte, asistía todas las noches a las funciones. A la salida el negro la acompañaba hasta su casa.
La última noche de función; la vieron los vecinos cenar con los artistas en una fonducha instalada cerca de la carpa. Al día siguiente amaneció robado el santuario de nuestra Señora del Patrocinio el que se encuentra en el cerro de la “Bufa” Una gran indignación causo en toda la ciudad tan sacrílego atentado; las autoridades tomaron cartas en el asunto pero nada lograron remediar; se presumía que los malhechores eran gentes de fuera, ya que ningún mexicano se hubiera atrevido a despojar a su reina de los objetos que ellos mismos le regalaban anualmente.
Pocos días después hubo cambio de personal en el rastro y el nuevo mozo no sabía de la obligación de llevar la carne a la casa de “Doña Cajón” Por la noche los aullidos de los perros se hacían insoportables, hasta que los vecinos alarmados por aquella espantosa jauría se vieron obligados a quejarse a las autoridades, que inmediatamente tomaron parte en el asunto, ya que ni de día de noche cesaban los dolorosos alaridos.
El espectáculo que presenciaron los curiosos que fueron acompañando a las autoridades fue horrible, en un inmundo cuarto yacía “Doña Cajón” cual una Jezabel devorada por los perros. En un armario fuertemente defendido, había multitud de joyas y entre ellas las robadas a la virgen de Patrocinio, igualmente que sus vestiduras. Todo mundo atribuyó justo castigo del cielo la muerte horrible de la prestamista.
Desde entonces la calle se denomina “Calle de los perros”
La calle de Manjarrez
La casa que ocupada Don Abraham Manjarrez, el prestamista, era un verdadero antro. Desde su ruinosa fachada, sus ventanas enrejadas que nunca se abrían, la ancha puerta del zaguán claveteada con gruesos clavos y resguardada por una gruesa cadena. Todo esto alumbrado por un sucio farol, le daba el triste aspecto de una prisión en donde el viejo usurero guardaba celosamente los tesoros que acumulaba, y a su nieta, la bellísima Raquel a quien nadie conocía.
Muchos años hacía que Don Abraham había venido a esta ciudad con el cargo de tasador. Compró la vieja casona y se trajo a vivir con él a su única hija muy enferma, con una niña pequeñita y una sirvienta, era de origen judío, aunque se rumoraba que las mujeres eran cristianas.
Toda clase de negocios sucios era la ocupación de Don Abraham, prestar con gran usura sobre hipotecas, denunciar bienes eclesiásticos que luego iban a para en sus manos, regentear casas de juego y cantinas. Era odiado por todo el mundo, los chicos lo apedreaban y la puerta así como la fachada estaba llena de dibujos gigantescos y letreros insultantes; su fanatismo religioso lo hacía correr de los cerdos, las pobres gentes que lo sabían, amarraban uno de estos animales cuando no tenían para pagarles la renta y era día de cobro; con la seguridad de que no se acercaría el judío por horror al animal inmundo. En las piezas que habitaba reinaba el abandono y la pobreza; solo en el segundo patio de la casa cambiaba la decoración como por arte de magia, en medio de un corredor encristalado había un hermoso jardín cubierto de flores; una fuente, una gran pajarera, un palomar y dos hermosos pavos reales completaban la prisión dorada de Raquel, la nieta del viejo avaro.
Las piezas lujosamente amuebladas en que habitaba la señorita. No tenía ventanas a la calle sino que recibía la luz por el techo por medio de traga luces de colores, sin embargo Raquel era feliz acostumbrada al encierro. Nada ambiciosa ya que sabía que el día en que muriese su abuelo, ella heredaría toda sus propiedades y sería libre y rica; pero lo quería demasiado como para desear su muerte.
Una noche llamaron a la puerta y el viejo judío fue a investigar por el postigo; como acostumbraba antes de abrir a sus numerosos visitantes, el que llamaba era un caballero cubierto con una capa cuyo embozo le cubría la mitad del rostro, al ser interrogado dijo que llevaba un asunto de mucha urgencia por lo que fue introducido a la pieza en donde el judío trataba sus asuntos; al descubrirse el caballero se vio que era un joven apuesto y arrogante, que sin estrechar la mano que le tendía el usurero, sacó de su bolsillo con incrustaciones de marfil que le tendió a Don Abraham, diciéndole que por tener un compromiso de honor iba a empeñarle muy a pesar suyo la única alhaja que le quedaba de su madre hacía pocos años. Al abrir el estuche, el judío no pudo reprimir una exclamación de asombro al ver en el fondo de terciopelo negro un collar de perlas de incomparable belleza; y en su imaginación vio a Raquel luciendo en su garganta el maravilloso collar. Como una casualidad se abrió la puerta que comunicaba a la alcoba del viejo y apareció Raquel, que creyéndole solo le iba a dar las buenas noches. La emoción del joven no es para ser descrita, al ver aquella aparición celeste en aquel antro infernal.
La niña por su parte vio en aquel caballero, al príncipe azul con quien soñaba; el abuelo al ver la turbación de su nieta, le ordenó imperiosamente que se retirara; la niña quiso obedecerlo, pero la pesada puerta no cedía a sus débiles esfuerzos, el joven galantemente le ayudo; Raquel, trémula y ruborizada le dio las gracias y desapareció en las sombras del pasillo. La confusión del joven fue tanta que acepto sin saber lo que hacia, las condiciones que le impuso el judío a cambio de la preciosa joya y salió con un puñado de dinero que mal le sacaría de apuros, ya que su situación era muy difícil. El joven se llamaba Álvaro de buen rostro y era de una ilustre familia.
Por vez primera Raquel reflexionó en el infame proceder de su abuelo cuando este le mostró el collar diciéndole que podía contarlo como suyo, ya que el dueño no podría salvarlo nunca; que las hipotecas de sus bienes estaban en su poder y que tendría buen cuidado de acabarlo de arruinar.
Después de una noche de horrible insomnio, Raquel decidió devolver el precioso collar a su dueño. Rogó a Sara su fiel sirviente, que le ayudara a sustraer las llaves del viejo sin que se diera cuenta; Sara tenia una droga con la que dormía a la madre de Raquel cuando presa de dolores insufribles, no podía descansar; le dio una dosis de vino al viejo en el vino que tomaba en la comida, y le hizo un efecto tan rápido que se durmió sentado en un sillón, le quitaron las llaves, abrieron el cofre de las joyas, sacaron un precioso estuche, buscaron los documento de las hipotecas de don Álvaro y una gruesa suma de dinero. Haciendo un paquete lo llevó Sara a la casa del señor Buen rostro con una esquela que decía (Ha mi adorado hijo Alvarado, su madre desde el cielo). La alegría de Raquel se tronco en angustia al ir a ver a su abuelo y encontrarlo muerto con el rostro horriblemente desfigurado; cayo desmayada a sus pies, ahí la encontró Sara que al ver el desastroso efecto de la droga, huyo por temor a la justicia, dejando a la pobre niña abandonada a su suerte.
Cuando las autoridades llegaron, Raquel estaba loca y nada pudo declarar, fue llevada a una casa de salud de Guadalajara. Los vienes del judío fueron rematados por falta de herederos; Don Álvaro, comprendiendo el inmenso sacrificio de la joven, trato inútilmente de verla, no se lo permitieron porque en su locura era furiosa. La casa fue demolida e hicieron una vecindad en el lugar que ocupó.
La calle llamada de Manjarrez, tiene actualmente el nombre de Av. Insurgentes
La calle de tres cruces
La casa de Don Diego de Gallinar, alzaba orgullosa sus tres pisos, junto a las humildes casitas de uno solo, que empezaban a formar la calle que prolongaba la de San Francisco y la cual desembocaba en la plaza principal. Don Diego era tío y tutor de la bellísima Beatriz Moncada, quien acababa de salir del colegio donde se educaba y tenía que vivir bajo la severa custodia de su tío. Se rumoraba que el señor de Gallinar tenia planeado casar a su sobrina con Don Antonio, su único hijo, que por esas fechas andaba en servicio con el señor Marquéz de la Laguna, combatiendo a los piratas, que rondaban y acechaban el puerto de Veracruz y que era un joven calavera que derrochaba el dinero a manos llenas, se decía que una de las razones para llevar a cabo ese enlace era que una vez casada Beatriz con el señor Antonio, el señor Gallinar no tendría que dar cuenta a nadie del patrimonio de la rica heredera, a quien tenía más como presa en su lujosa casona.
Desde hacía algunas noches, que al dar las doce campanadas, se es cuchaban las notas dulces de un violín tocado por un joven desconocido, que apoyado en el poste de un farol que alumbraba débilmente la desierta calle, arrancaba a su instrumento melodiosos himnos de amor. El músico era un joven indígena, recogido y educado por los religiosos del convento de San Agustín, que le habían enseñado las artes y ciencias que ellos sabían.
Su nombre era Gabriel García, y Beatriz lo conoció en un concierto de la casa del Conde de San Mateo; pues debido a las buenas referencias que le daban los religiosos a Gabriel, era éste admitido en todas las reuniones de la aristocracia de aquel entonces. Beatriz lo oyó tocar y su alma vibró el compás de la maravillosa música del artista, y una elocuente mirada sirvió para le entregara el corazón. El músico que estaba subyugado, por la hermosura peregrina de aquella niña rubia, comprendió el mudo lenguaje de sus miradas y la adoró con todas las fuerzas de su alma india; aunque sabía que era un amor sin esperanza.
Desde entonces, todas las noches al filo de la media noche, iba Gabriel frente a la casa de su adorada a desahogar su corazón por medio de su música dulcísimo. Beatriz burlando la vigilancia de su dueño subía al mirador encristalado para escuchar a su amado. Mas una noche, la fatalidad del destino tendió sus redes; Don Diego se retiraba más tarde que de costumbre, y se encontró con el concierto frente a su casa; a la luz del farol reconoció inequívocamente a Gabriel.
Ciego de ira, le ordeno que se retirase antes de que lo apalearan sus sirvientes; Gabriel contestó que se retiraba por que tenía que hacerlo, y no por miedo a los palos, pues no era ningún perro y sabía defenderse con la espada en la mano como un caballero; pero viendo el ademán de sacar la espada de Don Diego, le dijo que con él no se batiría por que lo respetaba demasiado. El señor de Gallinar, loco de rabia, le lanzo los peores insultos llamándolo indio mal nacido, aventurero y cobarde seguidos de una bofetada. Gabriel no aguantó más y arrojando su violín en medio de la calle desenvainó su espada y se puso en guardia con el propósito de defenderse sin agredir a su agresor.
La lucha fue reñida por parte de Don Diego que quería toda costa acabar con su adversario, ya que Gabriel solo se limitaba a parar los golpes, cosa que irritaba más y más al viejo. Viendo que la lucha se prolongaba sin conseguir su propósito, el señor de Gallinar, quiso dar la estocada final y se tiró a fondo, clavándose en la espada de Gabriel que solo quiso desviar la mortal estocada, Don Diego se desplomo lanzando una horrible blasfemia; y dejando ver así que se le escapaba la vida.
Gabriel horrorizado se arrodillo a socorrer al moribundo; cuando se abrió el portón de la casona y salió un criado del señor de Gallinar que había presenciado la lucha, al ver a su señor herido de muerte y a su agresor inclinado ante él, sacando un puñal del cinto se lo clavó a Gabriel en la espalda y corrió a esconderse dentro de la casa.
Entonces se oyó un alarido de agonía, seguido del estrépito de cristales rotos: Era que Beatriz, mudo testigo de estas horribles estas escenas, se había desmayado y su cuerpo, falto de apoyo, rompía los cristales del mirador, para caer y estrellarse en las piedras de la calle, junto con el violín del amado.
Cuando la ronda llegó al lugar de la tragedia, encontró a la débil luz del farol a los tres cadáveres, una mano piadosa, marcó con tres cruces de cal los lugares donde fueron encontrados los tres cuerpos.
Desde esa fecha 2 de Noviembre de 1763 se llamó: LA CALLE DE TRES CRUCES La cual actualmente se localiza exactamente en donde termina la avenida Hidalgo y comienza la calle Juan de Tolosa, un poco más haya del palacio de gobierno del estado y con dirección a las lomas de Bracho.
La Filarmonica
Aquella hermosa mañana de 1600, todo era entusiasmo y alegría en la quinta llamada: Villa de Rosas, pues era esperada con ansia la llegada de sus nuevos moradores el bizarro capitán Don Jorge Temiño de Bañuelos y su bellísima esposa Perla Santini; hija de y un músico italiano que acababa de morir en Veracruz. La única condición que había puesto la gentil desposada para dejar aquellas hermosas tierras y venirse a vivir a ésta barranca, fue que viviera alejada de toda sociedad por razón de su luto. Y el enamorado esposo le mandó construir la Villa a orillas de nuestra ciudad.
Fue construida en medio de un jardín cubierto de rosas, de ahí el nombre de la villa; tenía una fuente de cantera rosa labrada y cuyos surtidores parecía que murmuraban y en su entorno cientos de palomas. Los salones majestuosamente amueblados al estilo de aquella época y en el salón principal un fino piano, por que la joven señora amaba la con pasión la música. La mansión era un estuche digno de tan hermosa “perla”.
Tarde a tarde se escuchaba por la villa la voz cristalina de Perla acompañada del piano que cantaba bellas canciones de su país; la dicha de los enamorados era tal, que se creían estar en el paraíso. Mas esta dicha fue de poca duración; el capitán fue llamado a combatir a los caxcanes, los cuales se habían amotinado y tuvo que partir con el corazón destrozado y dejando a Perla sumida en la mayor desesperación y tristeza.
Las risas no volvieron a escucharse ni las canciones; una inquietante y muda tristeza se apoderó de Perla y solo el piano era su única distracción, pero sus melodías eran tan tristes como su alma. En vano sus amigos trataron de distraerla pero ella cerró la puerta a todos, sólo los nativos que formaban la servidumbre le servían de compañeros. Se pasaba los días sentada en el ventanal, esperando la llegada de su amado; en sus largas noches de insomnio tocaba el piano hasta el amanecer. La gente o los pocos caminantes que pasaban por allí la creyeron loca y empezaron a llamarle “La Filarmónica”.
Una noche que tocaba como nunca, se interrumpió la melodía sin volver a comenzar; el vigilante se extraño de esto, porque estaba acostumbrado a oírla tocar toda la noche. Al día siguiente la camarera la encontró muerta sobre el piano, como una flor marchita.
Días después llego la noticia de que el capitán había muerto en un ataque de los indios. La fecha y la hora coincidían con las de la muerte de su amada esposa. Los parientes del capitán heredaron todos lo bienes, pero nadie quiso ocupar la finca quedando totalmente abandonada.
A lo largo de los años, gente que pasaba por ese lugar y después de la media noche aseguran que se ilumina el ventanal y se escucha una música maravillosa, y al despuntar el alba se apaga la luz, y un tristísimo lamento se escucha hasta muy lejos.
El nombre de Villa de Rosas, quedó olvidado, ahora la siguen llamando “La Filarmónica”.
La piedra negra
Se originó por la ambición de dos amigos que decidieron ir en busca de una mina que les diera riqueza. Por los años ochentas del siglo XIX vivían en Zacatecas, Misael Galán quien era empleado de una tienda de artículos minero, propiedad del señor Juan A. Petit en el callejón de Rosales. El contacto con estos artículos hacía soñar al joven Misael con encontrar una mina algún día. Su amigo Gildardo Higinio lo alentaba pues él tenía los mismos sueños, después de insistirle lo convenció de que invirtiera sus ahorros en estos artículos para iniciar la búsqueda. Iniciaron la caminata por la cordillera que separa a Vetagrande de la capital zacatecana, pues ahí eran innumerables las vetas. después de 5 días de caminar y buscar incesantemente, descubren una cueva de extraño aspecto, como movidos por un impulso se acercaron y a poco andar se presentó a sus ojos algo fantástico ¡Una gran roca refulgente!
Ante tal espectáculo los jóvenes lanzaron gritos de alegría y se dedicaron a escarbar alrededor de la piedra. ¡Esto es oro, si oro puro! Decían. Sin duda esta es la línea de una buena veta. Al paso de un buen tiempo lograron sacarla con enorme esfuerzo y se la llevaron hasta el arrollo que baja de Vetagrande y quedaron extasiados frente a ella. A pesar de estar sumamente cansados no podían dormir con solo pensar en lo que disfrutarían su tesoro. A ratos se miraban uno a el otro con gran recelo y desconfianza.
Nadie sabe lo que paso el resto de la noche, pero al día siguiente, un pastor los encontró muertos y dio aviso de inmediato. El representante de la autoridad que en ese entonces era el señor Diego Romo levantó el acta que dice: La causa de ambas muertes es por riña entre ellos mismos. Los motivos a la fecha permanecen en un total misterio, quizá fue la codicia, la piedra fue olvidada pues no tenia ningún valor alguno, estaba compuesta, por arsénico y azufre.
Cuenta la leyenda que varias personas encontraban en esa piedra un lugar adecuado para afilar su cuchillo o su machete pero al hacerlo, se transformaba en un ser agresivo y atacaba a toda persona sin razón aparente, como fueron varias las personas que sufrieron de esta transformación, la piedra adquirió fama de propiciar crímenes, pues todos lo que afilaban ahí todos sus cuchillos o instrumentos de labranza se tornaban en seres seres como poseídos por el maligno, lesionando a sus compañeros o amigos.
Por consecuencia creció la cifra de hechos sangrientos, ante tales sucesos se reunieron el gobernador del estado y el tercer Obispo se Zacatecas, Fray Buenaventura, y decidieron tomar medidas para remendar tan caótica situación. El Obispo acompañado por Fray Félix Palomino y cuatro diáconos salieron al anochecer camino a Vetagrande a realizar un conjuro contra las fuerza demoníacas de aquella piedra. Después de esto se la llevaron a un sitio escogido por el obispo fuera del alcance de los pendencieros. Este fue en el alto del muro posterior de la catedral, precisamente debajo de la campana chica.
Este se puede ver desde donde arranca la calle del Ángel a espaldas de Catedral. Si usted tiene dote de observador, quizá notara algo mas con relación a la maléfica piedra.
La plazuela de Zamora
Aquel día del año de 1696, Don Pedro de Quijano se daba a todos los demonios, pues nunca hubiera creído que su única hija, la hermosa María Leonor, se enfrentaría con él de la manera que lo hizo, al notificarle que tenía que desposarse con el acaudalado minero Don Juan Antonio de Ponce y Ponce, dueño de la hacienda de San José. Al saber la voluntad paterna, la bella niña había contestado con dulce firmeza que preferiría el convento o la muerte antes que ser esposa de ese señor, a quien respetaba, pero nunca llegaría a querer. Ni los ruegos, ni las amenazas la hicieron cambiar de decisión.
El señor Ponce y Ponce, con sus cincuenta años, viudo y dueño de importante caudal, llenaba las ambiciones de Don Pedro, que de la escasa herencia que había dejado su padre, solo le restaba la vieja casona en que vivía en el callejón que lleva su nombre y dicha casa estaba hipotecada. Por eso la negativa de su hija daba al traste con sus proyectos y no resolvía sus apuros económicos.
La razón que tenía María Leonor para desobedecer a su padre, era que estaba enamorada locamente y era correspondida, del joven José Manuel Zamora, ahijado de Doña Catalina de Sandoval, señora muy rica y virtuosa, muy amiga de la difunta madre de Ma. Leonor. Seis meses hacía que los jóvenes se amaban, protegidos por Doña Catalina que había prometido a la madre de la niña velar por su felicidad y confiada en la caballerosidad y buena prenda de su ahijado, creía que era el partido que mejor le convenía ya que Ma. Leonor era pobre y ella pensaba donar a José Manuel todos sus bienes.
Pero la ambición de Don Pedro derrumbó tan dulces ilusiones, furioso por la negativa de su hija se pasó a investigar el motivo y mandó a una mulata que ejercía los más bajos oficios, a que averiguara todo lo concerniente a su hija y a sus amistades. Antes de una semana, la bruja le llevó los datos más exactos que hubiera deseado saber, y supo que todos los días un embozado seguía a su hija cuando ésta iba a oír misa al convento de la Merced acompañada de una vieja sirvienta; que terminada la misa la esperaba el embozado, que ya descubierto era un apuesto galán joven quien le ofrecía el agua bendita que ella agradecía con la más dulce sonrisa; que la volvía a seguir hasta su casa y que antes de entrar en ella se volvía Ma. Leonor a verlo y el se despedía con una profunda reverencia y lo más terrible, que por las noches, después del toque de las animas, iba el embozado a platicar por un postigo que daba al crucero detrás de la casa.
El furor de Don Pedro no tuvo limites, pensó castigar duramente a su hija y al galán, y una diabólica idea le ofreció dulce venganza. Corrió entonces el rumor que se trataba de derrocar al alcalde mayor, Don Juan de León Valdez, quien tenía un poder feudal en ésta ciudad, la noticia le pareció de perlas a Don Pedro que fue presuroso a pedir audiencia al señor alcalde mayor, para hablarle confidencialmente de un asunto de vida o muerte. Inmediatamente fue recibido y puso en obra su astuto plan. Dijo al señor alcalde que sabía que un individuo rondaba su casa con el propósito de asesinarle por ser él tan adicto al gobierno y a otras personas más, que era un espía de los descontentos al régimen de la nueva España, que si lograba aprenderlo, le encontrarían documentos que probarían lo dicho por él.
El señor de León Valdez no dudó de la verdad del denunciante por tenerlo en la más alta estima y en agradecimiento a su celo, le despidió afectuosamente que ordenaría la aprensión del misterioso embozado cuanto antes. Don Pedro llamo a la mulata y le entrego una carta para el joven que iba a rondar su casa, advirtiéndole que no le dijera quien la mandaba. Aquella carta estaba escrita en términos comprometedores.
Esa noche al llegar José Manuel al crucero de Quijano, le entregaron una carta que guardó en su bolsillo sin abrir; acaba de abrir el postigo la blanca mano de su amada cuando apareció un puñado de guardias y le intimó a prisión por lo que sin despedirse de su amada siguió a los guardias. Loca de terror corrió la niña a refugiarse en su oratorio cuando le salió al paso Don Pedro, quien sin preguntarle de donde venía, le dijo únicamente: “El cielo siempre castiga la desobediencia”
Tres días después, frente a la casa de Don Pedro Quijano se alzaba un cadalso en que iba a ser ajusticiado José Manuel Zamora, a quien las torturas no habían restado su valentía. Pálido y demacrado pero con porte altivo, subió las gradas del patíbulo y dando un beso al crucifijo y una última mirada a los balcones de su amada, entregó su cuello al verdugo.
Horas más tarde entraba al convento de la merced (Hoy ex -escuela normal) María Leonor, donde proofeso de religiosa y murió con olor a santidad. La plazuela donde muriera angustiosamente José Manuel Zamora, llevó como nombre su apellido.
Lomas de Bracho
Gozaba de fama de Tenorio Dn. Juan Bautista de Bracho y Echegaray, se debía en parte a los comentarios que hacían sus numerosos amigos, quienes en cuanto sabían de alguna conquista, la propagaban a los cuatro vientos, exagerando las proezas amatorias de Dn. Juan, con el propósito de adularle.
El joven apuesto y rico, cualidades que lo hacían irresistible al encanto de las doncellas se rendían a los requiebros del enamorado galán, semejando éste al famoso burlador de Sevilla. Las enamoraba y las olvidaba pero no las seducía, sus padres que lo adoraban no encontraban mal el juego del gallardo mozo y pensaban que con la edad entraría en juicio y se casaría con alguna rica heredera; por lo que daban magnificas fiestas en su residencia de la hacienda de las mercedes, en la que se reunía lo mas grato de la sociedad. Ahí acudían bellísimas y acaudalas niñas, entre las que podría Juan escoger. Pero él, aunque le gustaban todas, no se dejaba aprisionar en el dulce lazo del matrimonio.
Entre las bellezas del barrio de mineros “la pinta” destacaba Rosa Lujan, muchacha alegre y coqueta, que aceptaba relaciones con todo el que la pretendía sin formalidad alguna. Por lo que muchas veces corrió sangre por causa de sus locuras. A ella no le importaba el amor de los mineros, ella segura de su belleza, ambicionaba más; quería nada mas que al señor de Bracho y Echegaray y cosa rara era que éste no se fijara en ella a pesar de ser tan bella, quizás por su condición de huérfana de uno de los capataces, hacía que éste la respetara. El señor de bracho salía dos veces al año en visita de inspección de sus minas de Sombrerete y su ausencia duraba de dos a tres meses. Una vez que se fue de viaje Rosa desapareció, todos creyeron que se había fugado con él, la madre de Rosa desolada pero al mismo tiempo sumisa a los señores de la hacienda. No solo no protestó, sino que prohibió a sus hijos que hicieran gestión alguna. Dos meses más tarde recibía un recado del hospital de San Juan de Dios, de que Rosa se encontraba moribunda. Corrió la infeliz mujer al lado de su hija y apenas pudo reconocerla; estaba tan extenuada y desfigurada que nadie la hubiera reconocido. No podía hablar, solo en la mirada aterrorizada de sus ojos se sabía que tenía vida. Horas después moría sin pronunciar el nombre del causante de su desgracia, llegó a su última morada en hombros de sus tres hermanos y de Saturnino, el último de sus novios. Cuando le arrojaran la ultima paletada de tierra, los cuatro hombres juraron vengarse.
Días después regresaba Don Juan de su viaje y mucho se extraño de que le imputaran el rapto de Rosa; negó rotundamente el hecho y se ofendió de que lo creyeran capaz de tal felonía. Una noche que por ser día de pago, volvía de una de sus minas y fue agredido por cuatro hombres que lo asaltaron por sorpresa en terrenos cercanos a su casa. El mozo que lo acompañaba huyó cobardemente.
Al día siguiente fue recogido su cadáver acribillado a puñaladas, los asesinos no tardaron en ser aprehendidos, denunciados por el mozo. fueron ejecutados en el mismo lugar del crimen a pesar de que el padre de Dn. Juan les perdonara la vida con generosidad.
Años después, un mendigo ciego y repugnante, hizo una declaración “In articulo mortis” Don Juan no había sido el raptor de Rosa, sino un aventurero francés de apellido Langot, gambusino de oficio y quien estaba enamorado de Rosa pero sin la esperanza de ser correspondido por ella. Motivo por el cual decidió raptarla con ayuda del declarante; fue conducida a un socavón abandonado en la mina San José de García, allí fue victima de los peores tratos y vigilada para que no escapara. Aterrorizada la infeliz, mal alimentada y sin esperanzas de libertad, fue perdiendo la razón y la salud. Viéndola en trance de muerte, resolvieron deshacerse de ella por temor a que los denunciaran y una noche la llevaron por los cerros y la dejaron cerca del hospital. Su crimen no quedo impune, un día que los dos criminales trataban de barrenar una veta, estalló el barreno, antes de que pudieran ponerse a salvo. El francés murió horriblemente destrozado, su ayudante quedo ciego y mantuvo el secreto por temor a la justicia. Ahora que nada tenía que temer reivindicaba, aunque tarde, la memoria de Don Juan.
Los señores de Bracho descansan al lado de su hijo, en el hoy ruinoso panteón de la lomas de Bracho.





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