Videos – LXIV Congreso Campeonato Charro Zacatecas 2008
November 11, 2008 by Jorge Cornejo
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Leyendas de Zacatecas – Zacatecas y el Dia de los Muertos
November 10, 2008 by Jorge Cornejo
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Zacatecas y el Dia de los Muertos
Zacatecas, un estado colonial nos da una muestra de sus tradiciones con el enlace popular de vivos y muertos, conocido internacionalmente como: día de muertos, en la forma que nos dan los pobladores del municipio de pinos.
En la historia, el municipio de Pinos que se encuentra colindando con el Estado de Jalisco al Sur y San Luis Potosí al Este; fue habitados por chichimecas, especialmente por la tribu de los chalchihuites (cabe recordar que también habitaban los tepehuanes del sur y los zacatecanos), quienes en tiempos remotos; hacían distintos ritos religiosos para venerar a sus muertos, y cuando un ser querido moría, la costumbre dentro de esta tribu era poner el cuerpo en una fogata, incinerarlo, y las cenizas que quedaban se repartían entre las personas del ser querido y se metían en una bolsa de cuero que siempre iba atada a su cintura con un lazo que también era del mismo material… de cuero.
Ahora, en tiempos modernos y con el paso de los años, el municipio de pinos es de los más importantes dentro de la celebración de día de muertos, la ofrenda es muy tradicional, no importa si es grande o chica, pobre o rica, ya que la ofrenda de muertos se prepara y se exhibe para agradar a los difuntos o. En ella, que no es sino un altar, se disponen las flores, las velas y veladoras las fotografías, las vasijas, los platones, las botellas y sobre todo los alimentos que habrá de consumir el espíritu que visita a la familia generalmente. Así, lo más común es que en altares domésticos se coloquen panes, tamales, atoles y los platillos típicos como son las gorditas, las calabazas y las enchiladas zacatecanas. Algo muy especial de las ofrendas es que si en la familia había un minero, ( o aunque no lo haya), se ponían distintos tipos de piedras ricas dentro del altar.
Generalmente la ofrenda cuenta con 2 o 3 pisos, a veces contando el piso, en el primer nivel se pone la fotografía del difunto junto con sus pertenencias que según la tradición popular representan el cielo y la tierra respectivamente, en los subsecuentes se realiza un altar de flores, Es por ello que en la mesa se localizan las imágenes de los muertos en culto, y los símbolos de fe, así como los elementos agua y fuego representados por líquidos como el atole, pulque, agua u otras bebidas, y por velas, ceras y veladoras. Sobre el suelo se colocan los elementos que simbolizan el aire y la tierra que en este caso son luminarias en distintas formas como corazones, cruces y coronas.
Lo característico del municipio de pinos en Zacatecas, es que en las luminarias que fueron puestas en el piso, se saltan por las mujeres y los niños chiquitos, no importando las flamas que estas lleguen a alcanzar, ya que este es el lazo que une a los vivos con los muertos. Mientras que la gente grande, junto con los niños que deseen acompañar a sus padres y algunas señoras, suben al cerro mas cercano, y ponen también las luminarias para los muertos que no tuvieron hogar haciendo un pequeño baile característico de la región y con estos pasos saltando las flamas.
Leyendas de Zacatecas – La Calle de Tres Cruces
November 10, 2008 by Jorge Cornejo
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La Calle de Tres Cruces
La casa de Don Diego de Gallinar, alzaba orgullosa sus tres pisos, junto a las humildes casitas de uno solo, que empezaban a formar la calle que prolongaba la de San Francisco y la cual desembocaba en la plaza principal. Don Diego era tio y tutor de la bellísima Beatriz Moncada, quien acababa de salir del colegio donde se educaba y tenía que vivir bajo la severa custodia de su tío. Se rumoraba que el señor de Gallinar tenia planeado casar a su sobrina con Don Antonio, su único hijo, que por esas fechas andaba en servicio con el señor Marquéz de la Laguna, combatiendo a los piratas, que rondaban y acechaban el puerto de Veracruz y que era un joven calavera que derrochaba el dinero a manos llenas, se decía que una de las razones para llevar a cabo ese enlace era que una vez casada Beatriz con el señor Antonio, el señor Gallinar no tendría que dar cuenta a nadie del patrimonio de la rica heredera, a quien tenía más como presa en su lujosa casona.
Desde hacía algunas noches, que al dar las doce campanadas, se es cuchaban las notas dulces de un violín tocado por un joven desconocido, que apoyado en el poste de un farol que alumbraba dévilmente la desierta calle, arrancaba a su instrumento melodíosos himnos de amor. El músico era un joven indígena, recogido y educado por los religiosos del convento de San Agustín, que le habían enseñado las artes y ciencias que ellos sabían.
Su nombre era Gabriel García, y Beatriz lo conoció en un concierto de la casa del Conde de San Mateo; pues debido a las buenas referencias que le daban los religiosos a Gabriel, era éste admitido en todas las reuniones de la aristocracia de aquel entonces. Beatriz lo oyó tocar y su alma vibró el compás de la maravillosa música del artista, y una elocuente mirada sirvió para le entregara el corazón. El músico que estaba subyugado, por la hermosura peregrina de aquella niña rubia, comprendió el mudo lenguaje de sus miradas y la adoró con todas las fuerzas de su alma india; aunque sabía que era un amor sin esperanza.
Desde entonces, todas las noches al filo de la media noche, iba Gabriel frente a la casa de su adorada a desahogar su corazón por medio de su música dulcisíma. Beatriz burlando la vigilancia de su dueño subía al mirador encristalado para escuchar a su amado. Mas una noche, la fatalidad del destino tendio sus redes; Don Diego se retiraba más tarde que de costumbre, y se encontró con el concierto frente a su casa; a la luz del farol reconoció inequivocamente a Gabriel.
Ciego de ira, le ordeno que se retirase antes de que lo apalearan sus sirvientes; Gabriel contestó que se retiraba por que tenía que hacerlo, y no por miedo a los palos, pues no era ningún perro y sabía defenderse con la espada en la mano como un caballero; pero viendo el ademán de sacar la espada de Don Diego, le dijo que con él no se batiría por que lo respetaba demasiado. El señor de Gallinar, loco de rabia, le lanzo los peores insultos llamándolo indio mal nacido, aventurero y cobarde seguidos de una bofetada. Gabriel no aguantó más y arrojando su violín en medio de la calle desenvainó su espada y se puso en guardia con el propósito de defenderse sin agredir a su agresor.
La lucha fue reñida por parte de Don Diego que quería toda costa acabar con su adversario, ya que Gabriel solo se limitaba a parar los golpes, cosa que irritaba más y más al viejo. Viendo que la lucha se prolongaba sin conseguir su propósito, el señor de Gallinar, quiso dar la estocada final y se tiró a fondo, clavándose en la espada de Gabriel que solo guisó desviar la mortal estocada, Don Diego se desplomo lanzando una horrible blasfemia; y dejando ver así que se le escapaba la vida.
Gabriel horrorizado se arrodillo a socorrer al moribundo; cuando se abrió el portón de la casona y salió un criado del señor de Gallinar que había presenciado la lucha, al ver a su señor herido de muerte y a su agresor inclinado ante él, sacando un puñal del cinto se lo clavó a Gabriel en la espalda y corrió a esconderse dentro de la casa.
Entonces se oyó un alarido de agonía, seguido del estrépito de cristales rotos: Era que Beatriz, mudo testigo de estas horribles estas escenas, se había desmayado y su cuerpo, falto de apoyo, rompía los cristales del mirador, para caer y estrellarse en las piedras de la calle, junto con el violín del amado.
Cuando la ronda llegó al lugar de la tragedia, encontró a la débil luz del farol a los tres cadáveres, una mano piadosa, marcó con tres cruces de cal los lugares donde fueron encontrados los tres cuerpos.
Desde esa fecha 2 de Noviembre de 1763 se llamó: LA CALLE DE TRES CRUCES La cual actualmente se localiza exactamente en donde termina la avenida Hidalgo y comienza la calle Juan de Tolosa, un poco más haya del palacio de gobierno del estado y con dirección a las lomas de Bracho.
Leyendas de Zacatecas – La Plazoela De Zamora
November 10, 2008 by Jorge Cornejo
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La Plazoela De Zamora
Aquel día del año 1696, Don Pedro de Quijano se daba a todos los demonios pues nunca hubiera creído que su única hija, la hermosa Maria Leonor, se enfrentaría con el de la manera que lo hizo, al notificarle que tenia que desposarse con el acaudalado minero Don Juan Antonio de Ponce y Ponce dueño de la hacienda de San José. Al saber la voluntad paterna, la bella niña había contestado con dulce firmeza que preferiría el convento o la muerte antes de ser la esposa de ese señor, a quien respetaba, pero nunca llegaría a querer. Ni los ruegos, ni las amenazas la hicieron cambiar de decisión. El Sr. Ponce y Ponce, con sus 50 años, viudo y dueño de importante caudal, llenaba las ambiciones de Don Pedro, que de la escasa herencia que había dejado su padre, solo le restaba la vieja casona en que vivía en el callejón que lleva su nombre y dicha casa estaba hipotecada. Por esto la negativa de su hija daba al traste con sus proyectos y no resolvía sus apuros económicos.
La razón que tenía María Leonor para desobedecer a su padre era que estaba enamorada locamente y era correspondida del joven José Manuel Zamora, ahijado de Doña Catalina de Sandoval, señora muy rica y virtuosa, gran amiga de la difunta madre de María Leonor. Seis meses hacia que los jóvenes se amaban, protejidos por Doña Catalina que había prometido a la madre de la niña velar por su felicidad, y confiada en la caballerosidad y buena prenda de su ahijado, creía que era el partido que mejor le convenía, ya que Ma. Leonor era pobre y ella pensaba donar a José Manuel todos sus bienes. Pero la ambición de D. Pedro derrumbó tan dulces ilusiones, furioso por la negativa de su hija, se pasó a investigar el motivo y mandó a una mulata que ejercía los mas bajos oficios, a que averiguara todo lo concerniente a su hija y a sus amistades. Antes de una semana, la bruja le llevó los datos más exactos que hubiera deseado saber, y supo:
Que todos los días un embozado seguía a su hija cuando ésta iba a oír misa al convento de la Merced, acompañada de una vieja sirvienta; que terminada la misa la esperaba el embozado, que ya descubierto era un apuesto galán joven quien le ofrecía el agua bendita que ella agradecía con la más dulce sonrisa; que la volvía a seguir hasta su casa y que antes de entrar en ella se volvía Ma. Leonor y él se despedía con una profunda reverencia y, lo más terrible, que por las noches, después del toque de las ánimas, iba el emozado a platicar por el postigo que daba al crucero detrás de la casa. El furor de Don Pedro no tuvo límites pensó castigar duramente a su hija y al galán, y una diabólica idea le ofreció dulce venganza. Corrió entonces el rumor de que se trataba de derrocar al alcalde mayor, Don Juan de León Valdés, quien tenia un poder feudal en esa ciudad, la noticia le pareció de perlas a Don Pedro que fue presuroso a pedir audiencia al sr. alcalde mayor para hablarle confidencialmente de un “Asunto de vida o muerte”.
Inmediatamente fue recibido y puso en obra su asunto plan. Dijo al señor Alcalde que sabía que un individuo rondaba su casa con el propósito de asesinarle por ser él tan adicto al gobierno y otras personas más, que era un espía de los descontentos al régimen de la Nueva España, que si lograba aprenderlo, le encontraría documentos que aprobarían lo dicho por él. Don Pedro llamó a la mulata y le entregó una carta para el joven que iba a rondar su casa, advirtiéndole que no le dijera quien la mandaba. Aquella carta estaba escrita en términos comprometedores. Esa noche al llegar José Manuel al Crucero Quijano, le entregaron una carta que guardo en su bolsillo sin abrir; acababa de abrir el postigo la blanca mano de su amada cuando apareció un piquete de guardia y le intimó a prision por lo que sin despedirse de su amada Ma. Leonor, siguió a los guardias.
Loca de terror, corrió la niña a refugiarse en su oratorio, cuando le salió al paso Don Pedro, quien sin preguntarle de donde venia, le dijo únicamente ; “el cielo siempre castiga la desobediencia”. Tres días después en la plazuela frente a la casa de Don Pedro Quijano, se alzaba un cadalzo en que iba a ser ajusticiado José Manuel Zamora, a quien las torturas no habían restado su valentía. Pálida y demacrada, pero con porte altivo, subió las gradas del patíbulo y dando un beso al crucifijo y una última mirada hacia los balcones de su amada, entregó su cuello al verdugo. Horas más tarde, entraba al convento de la Merced (hoy ex-escuela Normal) Ma. Leonor, donde profesó de religiosa y murió santamente. La plazuela donde muriera angustiosamente José Manuel Zamora, llevó como nombre su apellido
Leyendas de Zacatecas – La Piedra Negra
November 10, 2008 by Jorge Cornejo
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La Piedra Negra
Todo dio principio por la natural ambición de dos amigos que decidieron abandonar de plano sus ocupaciones para aventurarse a buscar una mina que les diera riqueza. Allá por los ochentas del siglo pasado vivía en Zacatecas Misael Galán, fornido mocetón, tan entusiasta como ingenuo, que disfrutaba de un sueldo aceptable como empleado de un comercio dedicado a proveer las minas de la región de los elementos propios para el laboreo. En el almacén que estaba a su cargo se expendía pólvora, sogas, cubos para elevar el mineral y vaquetas para los cubos , barras, picos y cuñas para excavar, carbón para las fundiciones, etc., y Misael, en contacto con esos materiales soñaba con la oportunidad de poner en práctica sus pretensiones de minero, las instancias de Gildardo Higinio, su amigo de siempre que apoyaba sus propias inquietudes, le habían convencido de invertir sus ahorros en herramientas y materiales para iniciar la búsqueda del yacimiento.
Durante varios fines de semana, ambos amigos caminaron incansablemente por las montañas circunvecinas; especialmente inspeccionaron al poniente de la cordillera que separa a Vetagrande de la capital zacatecana ya que, según Gildardo, por sus pláticas con viejos gambusinos y sus ocho años de experiencia en las minas de San Acacio, sabía localizar fuentes metalíferas. – Por este lado las vetas son innumerables y atraviesan las montañas en todas las direcciones; lo que tenemos que hacer es descubrir una mina que no esté de manifiesto, ¡y a puro gozar! – ponderaba Gildardo Higinio. Comenzaron por acampar en los límites de lo que era terreno libre, donde ya durante cuatro o cinco días habían explorado siguiendo las instrucciones de Gildardo. Con su entusiasmo a cuestas recorrieron el camino a Vetagrande, pasaron por oficinas de beneficio, vieron pequeñas catas, bocas de mina. máquinas de desagüe trabajando, labores antiguas, terrenos y graseros alrededor de los tiros; todo ello en singular contraste con las agrestes montañas que las rodean. Antes de llegar al cerro del Magistral se desviaron al oriente para empezar ahí su búsqueda; todo el día vagaron escudriñando los montes y al atardecer decidieron regresar al campamento para dormir. Al faldear una empinada loma, de improviso se toparon con la entrada de una cueva de extraño aspecto; a pesar de que habían cruzado varias veces por el lugar, no le parecía conocida, ¿les habría pasado inadvertida? ¡No, seguros estaban de que antes no la habían visto! Como movidos por un mismo impulso, se acercaron a la entrada, con precaución. Ya dentro de la caverna, a poco andar se presentó ante sus ojos algo fantástico: incrustada en el peñasco se veía claramente una gran roca refulgente.
Ante tan maravilloso descubrimiento, y pasada su sorpresa, los dos jóvenes lanzaron gritos de alegría, y con entusiasmo se dedicaron a escarbar alrededor de la piedra. “¡Esto es oro!”, decían con exaltación los afortunados y ovicios gambusinos. “Sin duda esta es la línea de una buena veta, comentaban. Buen tiempo trabajaron, alternándose en la tarea; mientras uno borneaba la barrena o sostenía la cuña que se incrustaba en los cantos de piedra, el otro golpeaba el marro, hasta que lograron su empeño. Desprendida la piedra, pasando por numerosos trabajos debido al peso de su carga y a lo accidentado del terreno, a campo traviesa lograron llevarla hasta el arroyo que baja de Vetagrande, y frente a ella quedaron extasiados contemplando su flamante tesoro. Volviendo de su ensimismamiento, comenzaron por desconfiar de que hubiesen sido descubiertos por otros gambusinos de los muchos que merodeaban los alrededores, ocupados en el mismo que hacer de ellos. Tras breves minutos, y enmedio del silencio nocturno que reinaba a su alrededor, concluyeron que estaban solos. No podían dormir, a pesar del cansancio y de ser ya pasada la media noche. Cada quien elucraba lo que había de disfrutar el resto de su vida con ese descubrimiento.
Al recordar de nuevo la piedra, con sobresalto examinaban si había alguna amenaza que pusiera en peligro sus vidas o su preciado bien. A ratos se miraban uno al otro al otro con mutuo recelo e inquietud, sin saber definir hacia dónde se inclinaba su estado de animosidad. A la distancia sólo se escuchaban los ladridos de los perros del pueblo de Vetagrande. En su entorno se fueron espesando las sombras… Vetagrande ha sido uno de los más ricos veneros de metales preciosos que ha fabricado la naturaleza en el estado de Zacatecas. Se ubica a cinco kilómetros de la capital del estado, y tanto por la extensión de sus trabajos como por las cuantiosas cantidades de minerales extraídos durante muchos años, dieron significativa fuerza al régimen colonial y propiciaron el desarrollo económico de la región. En breve tiempo a partir de su descubrimiento, se creó la villa de Nuestra Señora de Guadalupe de Vetagrande nombre oficial que tuvo al principio de la época colonial.
Pese a que el gobierno español puso especial empeño en la organización de la producción minera, no se dispone de una cifra exacta de los rendimientos de las minas de Vetagrande durante el régimen virreinal; lo que si se sabe es que, tanto por la extensión de sus trabajos como por la enorme cantidad de plata que estos yacimientos produjeron al comienzo de su explotación, originaron que se creará la nobleza de Zacatecas. Los condados de Valparaíso, de Bernárdez y de Santa Rosa, fueron títulos de mucho esplendor. Existen curiosos documentos antiguos que establecen las fechas de apertura de las minas fundadas alrededor de Vetagrande; las de San Bernabé, Albarrada, los tajos de Pánuco, ostentaron tan alta ley en sus minerales que motivaron la búsqueda de otros yacimientos en las cercanías. Las grandes expectativas de bonanza fueron causa principal de que toda la gente de Zacatecas estuviera vinculada a la rama de la minería.
La palabra “plata” hizo que se poblaran Zacatecas y Vetagrande de mineros, gambusinos y buscones que se sostenían principalmente de la esperanza de encontrar una buena veta. Nadie sabe que pasó durante el resto de la noche, el caso es que al día siguiente un joven pastorcito descubrió los cuerpos yertos de los dos frustrados mineros; a toda prisa y con la excitación propia de quien ve la muerte por vez primera, a gritos divulgó su macabro encuentro. Como fuego en un pajar corrió la noticia y muchos curiosos concurrieron al sitio señalado por el pastor. Diego Romo, representante de la autoridad, levantó acta que decía: “En el crucero del arroyo fueron recogidos dos cuerpos de quienes en vida respondieron a los nombres de Misael N. y Gildardo N. Presuntamente la causa de ambas muertes fue una riña entre ellos mismo, uno de ellos presenta fractura cranea producida, según todos los indicios por caída directa sobre una piedra que contiene oro pimente…”. La tierra reclama al hombre que vuelva a sus raíces; los cuerpos fueron inhumados en sagrado; los motivos que condujeron a su muerte permanecieron en el misterio.
Quizá ante la presencia del supuesto oro descubierto, los dos infortunados se vieron condenados a ser juguetes de esa fiera funesta que es la codicia. La piedra también fue olvidada y poca atención le prestaron quienes sí conocían de metales, ya que a este compuesto de arsénico y azufre le atribuían escaso valor. Y, sería coincidencia o de veras maleficio, el caso es que días después, al pasar un grupo de jóvenes que iba de paseo, alguien señalo la piedra recordando aquel trágico suceso, y uno de ellos exclamó: “¡Precisamente necesitaba yo una buena piedra para afilar mi cuchillo!”, y empezó a frotar el borde de su instrumento en la brillante piedra. Con movimientos acompasados realizaba afanoso su tarea desentendiéndose de los demás. Parecía transformado, él que era de natural alegra y comunicativo; embelesado contemplaba los brillos del filo de su cuchillo producidos por su labor. A las llamadas de sus amigos reaccionó con su movimiento agresivo, y a la burla del que permanecía más cercano a él, quien se mofo de su exagerada forma de afilar su arma, replicó con feroz cuchillada, salvándose el impertinente de herida grave, si bien alcanzó a recibir profundo tajo en su brazo. Advertidos del peligro, cuatro de los más arrojados se lanzaron sobre el agresor que se aferraba al arma, sujetándolo para lograr que con alivio de todos volviera a la calma. Más tarde, el actor principal de este hecho juraba no recordar nada de lo ocurrido. A partir de entonces, la piedra del crucero del arroyo adquirió fama de propiciar el crimen, pues la añeja costumbre de los barreteros de portar cuchillos, dagas o tranchetes para múltiples usos, como cortar sogas, trozar correas, perforar la suela del huarache o pelar tunas propiciaba que, dado el caso, se les empleara como arma de defensa o de ataque por “motivos de honor” o causas baladíes, con funestos resultados. La superstición no en todos tiene cabida, pero la gente se dio cuenta que por repetida coincidencia, aquel que amolaba su piedra del arroyo de Vetagrande, luego en algún baile o simplemente andando en copas, de seguro provocaba un pleito o lesionaba a su rival, aún siendo “muy amigos”; consecuentemente, abundaron los heridos y los muertos. También observaba la gente que, conforme crecía la cifra de hechos de sangre protagonizados por rijosos que afilaban sus armas en la ya famosa piedra, ésta iba mudando su color. “De meses a la fecha”, advertían, “la piedra toma un tinte más oscuro, se está volviendo negra”.
Un episodio que confirmó la sospecha de que algún maleficio debía comunicar la piedra cuando en ella se afilaba un arma fue el pleito de Andrés Mendívil y Lorenzo Rafael. Era este Lorenzo muy dado a fanfarronear, tanto pendenciero y galanteador como de manirroto. Gustaba de derrochar en parrandas, convidando a golleteros y mujercillas que le rondaban alabando sus atributos y sus hazañas, ciertas o imaginarias. Andrés, por el contrario, mostraba una pasividad rayana en mansedumbre y, era su gusto, sentarse solo a la vera del camino, alejado del bullicio tabernario, para cantar pulsando su guitarra, y suspirar por el amor de María Paloma de Ávila, la muchacha más codiciada del rumbo. Al salir de la mina, Andrés era de los primeros en llegar a su casa, asentada al pie de la Bufa por el barrio de la Pinta, nombre tomado de una antigua hacienda de beneficio de plata propiedad de un español. Ese domingo, Andrés Mendívil estaba decidido a conquistar los favores de Paloma. Temprano se dirigió a la presa de los Olivos para bañarse en las tinajas de agua talladas en las rocas; el profundo amor que sentía bullir en sus entrañas lo animaba tanto que ni lo helado del agua sentía; con hojas del jaral estropajeaba su cuerpo para remover el polvo de la mina.
A la salida de misa, resuelto y temeroso a un tiempo, Andrés acompaño a Paloma un largo trecho sin hablar, ofreciéndole solo una flor. Para animarlo, Paloma le advierte: – En la siguiente esquina es mi casa. – ¡Ah, sí…! – Ibas a decirme algo… – Sí – se desata él -, que te quiero, que quiero que me quieras, que deseo saber si puedo tener la dicha de soñar en que algún día merezca yo tu atención; que el trabajo, que para mí es una alegría, y contemplar la luz del cielo y los árboles, ya nada significan si no es sabiendo de tus labios que me dejas quererte. Agradablemente sorprendida por aquella desbordante confesión de amor, Paloma sólo atinó a contestar: – Sí, sí, todo está bien; yo, este…, también… Adiós. Con el brío que comunica el amor correspondido, Andrés contemplaba la vida con plenitud; cumplía sus labores con entusiasmo, disfrutando de antemano las recatadas caricias que se prometía del precavido acercamiento con Paloma, a quien ya su familia había concedido el permiso para que entablara relaciones con él, una vez hecha su franca promesa de matrimonio. Mas tanta dicha no podía durar. El diablo del Diablo, que nunca duerme, hizo que se topara el fanfarrón de Lorenzo con Paloma, a quien intentó abordar, y un grupo de amigos que se dieron cuenta del rechazo que recibiera su respuesta, acicatearon a Lorenzo para que en vías de demostrar tanto su hombría como sus dotes de conquistador, dejase a un lado sus logros amorosos baratos y sedujera a la casta Paloma.
Aceptada la apuesta, Lorenzo Rafael dedicó a partir de ahí todo su desocupado tiempo al asedio constante de la buena muchacha. A medida que se aproximaba la fecha de la boda, intensificaba Lorenzo su campaña de conquista, y cuanto más decidido sentía el rechazo de la dama, tanto más se enervaban sus morbosas ansias de rendirla. La prudencia femenina, o la reticencia de Paloma, la hicieron reservarse de comunicar a Andrés acerca de los requerimientos de que era objeto. Quince días faltaban para el esperado connubio, y ese domingo Andrés hubo de aceptar que era verdad aquello que ni siquiera sospechara, por comunicárselo un amigo digno de toda fe. Decidido a reclamar lo suyo y cualquier ofensa hecha a su amada, solicitó al oficioso informante: – ¿Me puedes prestar tu cuchillo? – ¡Claro! – repuso su interlocutor, tomándolo enfundado de la apretada faja que le rodeaba la cintura-. Pero ten cuidado: ayer mismo, al salir de la mina lo afilé en la piedra del arroyo de la Veta… En cuanto tuvo contacto con el arma, Andrés se sintió poseído de un furor homicida. Fue directo al mesón del Vivac, donde sabía que se encontraba aquél a quien ya consideraba como enemigo.
En el trayecto se torturaba cavilando si alguna culpa tendría su novia, pero se reconfortaba al evocar todos los momentos desde que lo aceptara como novio, y veía siempre verdad en sus ojos, apreciaba sinceridad en sus palabras, palpaba veraz honestidad en su trato. Acudía a su memoria cómo siendo ya “novios oficiales” y con permiso de platicar más allá de tiempo usual, la naturaleza les inclinaba a saborear, con mutua aceptación, las primicias del amor, y cuando a pesar del hermoso apetito de la juventud ella se retenía, él admitía sus negativas por saberla pura y querer llevarla así hasta el altar. Pensando en esto, se recrudecían su coraje y su rencor en contra de Lorenzo Rafael. Antes de entrar al Vivac se alcanzó a escuchar el llamado de Paloma, al que no prestó atención; ella, igualmente advertida por una amiga de que Andrés iba en busca de Lorenzo Rafael, pretendía evitar el encuentro. Decidido, Andrés entró al Vivac, y apenas traspuso el umbral, un silencio ominoso invadió al lugar. El vecino de Lorenzo, alzando una copa, con disimulo le previno acerca de la aparición del prometido de Paloma. Lorenzo no se inmutó; obligado por la presencia de sus amigos, su habitual postura de fanfarrón se hizo manifiesta, confiado además en aventajar al recién llegado. Sabidas por todos los presentes eran, tanto la bravura de Lorenzo como la pasividad de Andrés se plantó retadoramente ante Lorenzo Rafael, en un desplante viril de quien no soporta más el impulso de manifestar su legítimo reclamo. El aludido le sostuvo la mirada y le dijo todavía en tono burlón: ¿No andas perdido de rumbo? ¿Buscas algo aquí, o con alguien? – Sí – contestó Andrés -. Busco respuesta de ti. Percibiendo Lorenzo la energía contenida en la réplica de Andrés, nerviosamente alardeó: – Conmigo cualquier hombre que sea muy hombre encuentra lo que quiera.
Las palabras sonaban con eco por el silencio reinante. Con calma habló Andrés: – Si alzas tanto la voz, tienes que sostenerte; y ya está dicho. “Ábranse”- se dirigió a los demás, mostrando su acerado puñal y amagando en abierto desafío a su rival. Este a su vez se puso en guardia, manejando arma similar con soltura y aplomo. Luego de dos o tres giros de tanteo, Lorenzo ataca con celeridad a Andrés, quien con asombroso quiebre desaparece del frente del Lorenzo, rodando a su costado. En los siguientes golpes, cambia la actitud confiada de Lorenzo que siente, al igual que los circunstantes, no tenerlas todas consigo, Por el contrario, ven al antes pacifico Andrés manifestar un valor y un agilidad insospechadas; el brillo de su puñal se entreteje con el brillo de sus ojos, y una fiereza inaudita parece poseerlo, eludiendo golpes de su adversario y mostrando seguridad en cada movimiento se trasluce su disposición de ajusticiarlo. Cuando asesta una certera cuchillada a Lorenzo y se prepara para darle otra mortal, un grito y la presencia de Paloma deja a todos expectantes; en un acto impetuoso, Paloma se interpone entre los rivales; abrazando a su amado apremia a los presentes a pacificar aquella brega e implorante hace que Andrés se desprenda del arma homicida y se aleje de su compañía.
Si en este caso pudieron evitarse trágicos resultados, su trascendencia radica en que la transformación de un individuo pusilánime en un temerario retador se atribuyó popularmente a las virtudes insufladas por la oscura piedra. No habrían de tener la misma suerte otros rijosos, al sufrir en carne propia daños lacerantes, secuela de las constantes riñas que se sucedieron durante meses, raro fue el fin de semana en que, especialmente por los barrios de la Pinta, del Vergel y de Mexicapán, donde predominaban los mineros, al clarear el domingo camino de la iglesia podían decir las mujeres piadosas, santiguándose: “Bendito sea Dios, ya amanece y al parecer no hubo muertos”. Consternada, la ciudad se enteraba que volvía a estallar el odio entre familias; se comentaba con presagio de nuevas tragedias que Fulanito y Zutanito, sobrinos del de la semana pasada, ya habían ido al arroyo de Vetagrande a filar sus armas en la piedra negra. ¡Negra estaba ya la piedra señalada para acicalar las armas mortales! Negro luto vestían muchas familias y trágicamente negro veían el futuro inmediato para un sector importante de la población las autoridades civiles y eclesiásticas que, frente a la incesante repetición de hechos sangrientos, cada vez más preocupadas estaban por el cariz que ofrecían los acontecimientos.
En discreta reunión entre el gobernador del estado y el tercer obispo de la Diócesis de Zacatecas, fray Buenaventura del Corazón de María Portilla y Tejada, decidieron adoptar medidas eficaces, cada quien según sus medios, para remediar tan caótica situación. El 15 de abril de 1888, el señor obispo, acompañado de su sabio consejero, el primer deán de la catedral canónigo fray Félix Palomino, y de cuatro diáconos del seminario tridentino de Santa María de Guadalupe, salieron al anochecer rumbo al camino de Vetagrande para realizar un conjuro contra las fuerzas demoniacas que irradiaban de aquella piedra. Durante mucho tiempo, la gente “se hizo cruces” de porqué y cómo había desaparecido la piedra negra de su emplazamiento. Varias noches de desvelo hubieron de tener el obispo y los canónigos para discernir, invocando el divino acierto, el destino que debería asignarse al diabólico objeto; disquisiciones teológicas y pruebas exorciales debieron de hacerse para atarlo en sagrado, sin mancillar el lugar.
Meses después, sosegada la fascinación de la gente belicosa por acrecentar el poder de su arma asentándola en la piedra negra, ésta fue descubierta por el vecindario, puesta a buen recaudo en sacro lugar. El sitio escogido por aquel obispo para instalar la piedra fuera del alcance de los pendencieros, fue en lo alto del muro posterior de la catedral, empotrada precisamente abajo de la campana chica que servía para llamar al sacristán. Este es el único bloque de color sombrío que en su fábrica tiene la catedral. Hay quien asegura haber presenciado, particularmente en días de lluvia, desprenderse de la piedra espectrales fulgores azulosos capaces de infundir temor y zozobra a los testigos del fenómeno. Usted la puede ver fácilmente desde donde arranca la calle Ángel, a espaldas de la catedral; apreciará el tamaño a que quedó reducida y, si tiene paciencia y ciertas dotes de observación, quizá podrá notar algo más con relación a la maléfica piedra negra.

