Nadie puede poner en duda el reconocimiento que Pepe Aguilar siente por su origen y por sus antepasados. En medio de su concierto del viernes, el primero de los tres que ofrecía en el Anfiteatro Gibson este fin de semana, el "Caballero de la Ranchera Romántica" le dedicó la canción Albur de amor (original de José Alfredo Jiménez) a su padre, el legendario cantante Antonio Aguilar, quien ocupó posteriormente la tarima durante unos segundos en compañía de su esposa, la también famosa Flor Silvestre.
Pepe se empeñó en repetir la distintiva frase "¡puro Zacatecas!" en muchos momentos del espectáculo, además de empezar la noche con El zacatecano y de terminarla con Desde Zacatecas. Sin embargo, aunque abundaron en su repertorio composiciones propias de la región, el mismo Aguilar incluyó un segmento dedicado a sus canciones de tinte más contemporáneo, interpretadas con el apoyo de una formación rockera pero que, en realidad, se inscriben dentro de los parámetros de la balada pop.
Desafortunadamente para sus pretensiones de versatilidad musical, esta fue la parte del show que menos funcionó, a pesar de que el cantante dejó de lado su habitual traje ranchero para vestirse con un atuendo más acorde al estilo presentado; y la falla no se debió necesariamente a que sus composiciones de esta clase sean malas (aunque Miedo sí se mostró poco creativa), sino al daño a los oídos que tiene que haberse producido en muchos de los que se encontraban cerca de los parlantes, debido a un bajo eléctrico que, por estar mal amplificado, se escuchó extremadamente ruidoso y disonante. En este sentido, el instrumentista que tuvo mucho mejor fortuna fue Tito Rueles, encargado de las guitarras acústicas y eléctricas, quien se dio el lujo de brindarle un tributo al renombrado Carlos Santana al interpretar una encendida versión del instrumental Europa.
En oposición a los citados problemas de sonido, el resto del repertorio se escuchó muy bien, sobre todo cuando los 12 elementos que conforman el Mariachi El Zacatecano dieron rienda suelta a su vocación folclórica a través de sus guitarrones, violines y trompetas, permitiendo un mejor lucimiento de la extraordinaria voz de Aguilar (que, curiosamente, destaca mucho más en las rancheras que en las baladas, aunque gran parte de sus interpretaciones combinan ciertamente ambas tendencias).
Desde la presentación de sus primeros éxitos -como Récuerdame bonito y Qué bueno, unidos en un segmento especial- hasta la interpretación de la brillante Por mujeres como tú -sin duda alguna la interpretación más destacada de su carrera-, pasando por el imprescindible clásico popular Ellas y sin dejar de lado a la archiconocida El Rey, Pepe (que en este caso sí llevó su ajustado y elegante traje ranchero) sacó a relucir una voz que, además de entonada y potente, exhibió una variedad de registro pocas veces encontrada en artistas de su tipo, la misma que le permitió incluso cambiar de estilo en algunas ocasiones, dándole a ciertos temas una enunciación más arrabalera e intencionadamente descuidada. Las dos coristas femeninas no suplieron ninguna carencia vocal, sino que complementaron la faena con sus matices propios, logrando a veces participaciones deslumbrantes.
Hay que destacar que los intentos de modernidad de Aguilar no se limitan a sus temas de pop, sino que abarcan la manera misma de dirigirse a la audiencia, ya que se comunicó con ella en español, en inglés y, a veces, en un spanglish que se hizo incluso extensivo a alguna de sus interpretaciones vocales, como ocurrió cuando empezó una frase -contenida en una composición tradicional mexicana- en el idioma original de Cervantes, pero la terminó en la lengua de Shakespeare. Se trató de una actitud que probablemente le pondría los pelos de punta a cualquier purista, pero que fue ampliamente celebrada por los presentes, en su mayoría jóvenes que no parecían ser inmigrantes de primera generación.
Y si bien no ha logrado aún cuajar del todo una propuesta alternativa a su estilo tradicional, es evidente que a Pepe le va mejor en estos menesteres que a Alejandro Fernández, ya que, dentro de toda su perfección técnica, el hijo de don Antonio cuenta con una voz mucho más natural y menos afectada que la del retoño de "Chente", además de derrotarlo también en lo que corresponde al nivel de carisma.
Aunque su interpretación es tan buena que podría bastarle para sostener un show entero, Aguilar resulta ser también todo un showman, siempre alegre y divertido (a excepción de unas bromas sexuales bastante pesadas y repetitivas que le dedicó a los músicos de su banda). En definitiva, se ha ganado "con el sudor de la garganta" -como él mismo lo dijo en el estrado- los aplausos que el público le dio de pie después de cada de sus canciones, un mérito que pocos pueden adjudicarse sin apelar a fantasías.
Sergio Burstein
Especial para Espectáculos
23 de mayo de 2005
www.laopinion.com





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