Desde los primeros años de la fundación del Colegio Apostólico de Propaganda Fide, surgen las festividades anuales en honor a la Virgen de Guadalupe. Primero fueron exclusivamente religiosas, pero con el paso del tiempo los comerciantes aprovecharon la numerosa cantidad de personas que visitaban el templo, entremezclándose así las fi estas desde principios del siglo XX, hasta la mitad del mismo.
La celebración iniciaba en los últimos días de noviembre, las calles eran adornadas con guirnaldas y tiras de papel picado; durante la noche no había puerta donde no ardieran farolillos de petróleo. Junto al arroyo se levantaba la plaza de toros con vigas y tablones, así mismo en la calle Rodríguez se instalaban el circo y la carpa de los títeres Rosete Aranda.
Todas las tardes en el kiosco amenizaban conjuntos y orquestas de la región; alrededor del jardín daban vueltas las muchachas y en sentido contrario los varones, si alguna dama recibía una carta de un muchacho y la familia de ella lo aprobaba era señal de noviazgo.
En los puestos se vendía una gran variedad de comidas y bebidas como: sopes, gordas de cuajada, tacos de canasta y dulces típicos; también: pulque, colonche, agua de chía y jocoque. Todo anunciado por algún ingenioso pregón:
"Dulce pa’ que tomen agua", o "tórtola de chorizo de marrano melancólico".
Entre las diversiones, las damas se amontonaban para que un gorrión sacara con su pico, de un tarjetero, un papelito que predecía la suerte; los hombres apostaban en el palenque y los niños jugaban en una ronda tarareando:
"Esta plaza esta medida con cien varas de listón, en cada esquina una rosa, y en medio mi corazón".
Otra de las costumbres era estrenar traje o vestimenta, veíanse en el centro de la plaza bombines y fi eltros, seguidos de chalinas y trajes charros, y a la orilla del jardín rebozos o camisas de manta.
También se vendían juguetes de madera y fi gurillas de terracota. La fi esta concluía el 12 de diciembre con romerías, misas solemnes, la coronación de la reina de la Feria (esto desde 1941), y la quema del castillo de carrizo y pólvora.
La feria de la Villa de Guadalupe fue muestra de colorido y folklore, que imperecederamente añora rescatar y revivir sus tradiciones, salpicadas de devoción a la Virgen color canela.
Víctor Manuel Ramos
Colaboración especial
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