Los tacos envenenados, verdadera tradición zacatecana

persona3 Los tacos envenenados, verdadera tradición zacatecana   PortalZacatecas.comNacieron en 1942, y a pesar de que muchos se dicen su padre, sólo Don Lauro es reconocido como tal.
Los tacos envenenados han traspasado las fronteras del estado y los pedidos para otras entidades son frecuentes. Incluso, hay paisanos que aprovechan la visita para llevarse algunos para que los pruebe la familia radicada en los Estados Unidos.
Desde las nueve horas Antonio, el encargado del El gran taquito, abre las puertas del local para iniciar la venta. Y desde ese momento y hasta las 22 horas, es continúa la entrada y salida de comensales que buscan un envenenado.

Don Lauro fue la persona que ideó la combinación de ingredientes que tienen los envenenados, Papa, frijol, chorizo, queso, chile seco, chile serrano y cebolla.

Y para que agarraran sabor, los dora en manteca hirviendo.

Para finalizar, se le ocurrieron las especialidades, blandos y dorados. Según la dentadura del cliente.

En realidad nadie sabe porque la combinación de ingredientes se dio de esa forma. Lo que es un hecho es que los envenenados se convirtieron en una tradición entre los zacatecanos.

A temprana hora un grupo de estudiantes y empleados de gobierno ya están en el local.

Antes de iniciar sus labores, o enmedio de clases para los estudiantes, los envenenados son una opción a los bolsillos en crisis.

Por seis pesos se puede comprar un dorado y con 50 centavos más, un blando.

Así, la economía estudiantil resiste los cinco días de la semana mientras que los empleados pueden comerse un tentenpie mientras se llega la hora de la comida; por aquello de que no hayan desayunado en casa.

persona4 Los tacos envenenados, verdadera tradición zacatecana   PortalZacatecas.comMarta González es alumna de Derecho de la UAZ. Vive en Jerez y como tiene que salir temprano de su municipio, aprovecha un momento de descanso en sus clases para irse a comer un envenenado.

“Son malísimos porque están muy grasosos. Pero con esto se te quita el hambre todo el día. Así que es mejor comer esto barato que preocuparme por encontrar algo más nutritivo pero caro”.

Muchos han sido los comensales que los han disfrutado. Diputados, gobernadores, presidentes municipales. “Pero en realidad nadie se para por aquí. Todo mundo manda sus gatos”, refiere Toño mientras está atento al siguiente cliente.

Incluso el mismo Antonio Aguilar ha enviado a su gente para que le compre un envenenado.

Pero esas personalidades no los impresionan.

Lo que en verdad les llama la atención es la cantidad de pedidos que son llevados Estados Unidos y a otras entidades federativas; “hay quien pide hasta 40 ó 50 tacos para llevárselos a su familia que está en el otro lado”.

El gran taquito es un pequeño local comercial ubicado enfrente de la ex central. Tiene 10 sillas, todas ellas con el logotipo de una marca refresquera.

La freidora es enorme, en comparación a otros comercios del ramo.

Sin especificar la cantidad de manteca que utilizan diariamente, 600 tacos envenenados son dorados en esta plancha. “Y eso como mínimo, porque a veces en quincena vendemos muchos más, pero regularmente esa es la cantidad que tenemos”.

El asunto no es sencillo. Si los tacos son blandos es necesaria tortilla del día, que es elaborada en la parte alta del local por una persona que está atenta a una pequeña máquina, y a voltear la tortilla del comal.

Pero en caso de que sean dorados, puede utilizarse tortilla de un día anterior. O sea, las pérdidas son mínimas.

Mientras conversa Toño no deja de despachar tacos. Uno, dos y hasta tres tacos por cliente.

Las sillas nunca están ocupadas. De hecho, son pocas las personas que se toman unos minutos para disfrutar de un envenenado en el local; sólo lo piden y salen con su taco en la mano o en una bolsa, esperando un mejor momento para comerlo.

Son las 11:00 horas y los viajes para bajar tortillas se hacen frecuentes.

Pero no sólo en Estados Unidos conocen los envenenados.

“Aquí viene mucha gente que ha escuchado de los tacos. Son gente de Guadalajara, de Monterrey, de la ciudad de México, de León, de Guanajuato, de Aguascalientes. Yo creo que alguien se los recomienda y llegan buscándolos”.

El negocio mejora cuando los visitantes, en su afán porque la familia pruebe los envenenados, se llevan hasta 20 ó 30 tacos.

“Cuando eso pasa, se los envolvemos bien para que no se les quiebren. Es lo único que se puede hacer”.

En su proceso de expansión, Salvador Torres, actual dueño de El gran taquito, intentó expander el negocio por lo que abrió un local en las inmediaciones de la Alameda.

Las ventas eran buenas pero el cierre fue inminente. “La gente prefería venir hasta acá por los tacos que ir a esa zona de la ciudad”.

La conversación se alarga pero el trabajo no se detiene. Manuel interrumpe la conversación porque se requiere más tortilla.

La gente entra y sale. Las diez sillas siguen vacías hasta que una persona, en espera del autobús a Trancoso, se sienta y pide dos tacos: uno dorado y uno blando.

Minutos después, con la prisa, entra una señora de edad que, ante el cansancio, pide un refresco y ocupa otra silla. De paso, pide un blando.

De hecho, el contenido de los tacos provoca la satisfacción inmediata de los comensales.

El exceso de proteínas (papás, frijoles, maíz y carne y manteca) provocan que al segundo taco la gente se sienta satisfecha.

“Que no necesite más para continuar con el día”.

Y todo ello, acompañado de un refresco que, según el encargado del lugar, surte diariamente a El gran taquito ya que “todos

los días se acaba”.

Toño dice que quien los ha probado una vez, regresará para comer otro.

La competencia…
Con el paso del tiempo, El gran taquito tuvo la necesidad de competir. No porque ellos quisieran, sino porque así es el

negocio.

El taco de oro abrió en la entonces central camionera de Zacatecas, en el centro de la ciudad.

Luego abrió una sucursal en las inmediaciones de la avenida Morelos, en contraesquina de la escuela Benito Juárez.

Sin embargo, el traslado de la central camionera a otro punto de la ciudad provocó que el negocio cayera, y se conservara la

clientela en la Morelos.

Pero, como dice la gente que entra a El gran taquito, “no saben igual”.

“Cuando don Lauro murió, Juan Torres se hizo cargo del negocio y ahora es su hijo, Salvador, quien es el propietario. Pero

todos sabemos que fue Don Lauro quien los inventó”, asegura Toño.

Así, entre los 600 tacos vendidos; entre el cúmulo de refrescos con que la gente se los baja y las decenas de kilos que suben

los consumidores, Don Lauro puede estar tranquilo: Su inventó, creado hace 64 años, es la satisfacción de los paladares

zacatecanos.

Y, por lo que se ve, el sabor llega a todas partes.

Comentarios


Comments

  1. miguel says:

    muy buen comentario…gracias

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