Apenas se levantaba la carpa y se colocaban las tribunas, cuando a los pocos días había que levantar todo e irse a otro lado; de los 14 a los 25 años pasó de un circo a otro hasta llegar a trabajar en diez.
Por: Thalya Rodríguez*
Vivió de circo en circo durante 15 años; desde los 14 formó parte del Ballet de los Hermanos Suárez. Rosalinda se incorporó al trabajo por amor.
Su novio le prometió matrimonio, pero eran menores de edad, así que decidió irse y esperar los años justos para que el juez no les negara unirlos para siempre.
Además de bailarina, la zacatecana fue payasa, corista, vendedora de palomitas, refrescos, fotógrafa, representante de un Teatro y madre de cinco, tres de los cuales nacieron bajo la carpa.
Después de tantas andanzas, Rosalinda Gutiérrez Benítez vive hoy en una de las zonas más humildes de Zacatecas, en la colonia Tierra y Libertad, con el vendedor de cojines del circo.
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Rosalinda define su vida en el circo, entre la maravilla y la dificultad; maravillosa porque asegura que viajó y conoció muchas culturas; difícil porque muchas veces se sentía sola, sin apoyo familiar ni moral.
Al principio le encantaba ir de un lado al otro. Sobre todo si el circo iba a la playa; pero con el paso del tiempo, empezó a extrañar a su familia, la vida sedentaria.
De los grandes fastidios que recuerda, fue trabajar en empresas grandes como el Circo Hermanos Fuentes Gazca. Ahí la contrató Jesús Fuentes Gazca, "el mero dueño". Lo más pesado era entonces ir de un pueblo a otro, o de una comunidad a otra a marchas forzadas.
Apenas se levantaba la carpa, se colocaban las tribunas, cuando a los pocos días había que levantar todo e irse a otro lado. Y en ese circo ajetreado, comenta Rosalinda, es en el que más tiempo duró, como año y medio.
Entre otros circos famosos en los que se presentó se encuentran el Atayde Hermanos.
De los catorce a los veintinueve años pasó de uno a otro hasta llegar a trabajar en diez.
Los cambios de uno a otro, explica, no se debían a algún motivo específico. Todo era según se presentaran las circunstancias.
Primero, como bailarina, ganaba muy bien, porque le pagaban viáticos. Pero así como ganaba el dinero, se lo gastaba. Hoy Rosalinda lamenta no haber ahorrado para invertir parte de su trabajo y establecerse en un lugar fijo.
También incursionó en el teatro. Uno de los más famosos, el llamado Teatro Carpa Americana de los Hermanos Medel, en el que era desde payasa, corista, bailarina hasta representante del mismo.
Lo que más aprendió en esta vida tan poco común, fue conocer que existen personas con otro tipo de pensamiento, con otros ideales; salir y conocer la cultura de tu México y lo mejor fue vivirlo.
El llegar a conocer verdaderamente los lugares en los que se establece el circo depende mucho del rango que se tiene en éste, ya que los animaleros, los apaches (son las personas que cambian la escenografía y utilería en la función), quienes tienen poco tiempo para salir, pues su trabajo demanda mucho tiempo.
Ellos, junto con los fotógrafos y los cojineros, están siempre al mando del carpista, mientras que los miembros del ballet ballet, y otros artistas como payasos, equilibristas, trapecistas y domadores, entre otros, están a las órdenes del dueño.
Rosalinda sólo conoció la República Mexicana. Nunca quiso salir al extranjero, aunque tuvo varias oportunidades.
Sin embargo, ese ritmo llegó a abrumarla. Sintió la necesidad de establecerse por su familia, pero sobre todo por sus hijas.
Hoy, en Tierra y Libertad, la vida de Rosalinda se detuvo. Sobrevive de la venta de frituras afuera de las escuelas.
Recuerda su paso por el circo entre la añoranza y melancolía, ahora que un padecimiento de columna vertebral le impide moverse con facilidad.
Pintaba para bailarina. Por lo menos eso le parecía al dueño de la carpa de los Hermanos Medel, quien un buen día le puso un traje de baño y unos olanes improvisados. Con ese atuendo a los cinco años la lanzó a la pista por vez primera.
El novio con quien se fugó a los 14 años hacía las veces de mago, ventrílocuo y payaso. Era bueno verlo en la pista. Mientras estaba ahí, Rosalinda se sentía a salvo. Por lo menos no podía ponerle las manos encima.
Cuando lo conoció en Jerez, dándole vida y voz a una marioneta, se quedó como encantada. Eran días de feria. Su corazón estuvo de fiesta. No se imaginaba lo que habría de pasar con él cuando decidió seguirlo.
El muchacho que contaba historias y movía hilos para animar a los muñecos le pidió que se casara con él. Rosalinda apenas tenía 14 años. El ajustaba los 18.
El corazón le dio un vuelco. Casarse con aquél artista la convertiría en una mujer especial, siendo apenas una niña.
El muchacho insistió hasta convencerla. Buscaron la manera de estar juntos. Se escaparon. Fueron con un juez y se les ocurrió mentirle. Le contaron que había tenido relaciones sexuales y que por eso debía casarlos.
Lo que la autoridad hizo fue darle a Rosalinda una carta donde su novio se comprometía a casarse con ella cuando cumpliera la mayoría de edad.
Rosalinda guardó la carta y nunca la hizo efectiva. Prefirió vivir en unión libre. Libre se hubiera querido sentir para dejarlo cuando empezó el maltrato.
Los años que tenía al conocerle fueron los mismos que tardó en dejarle. Ahora no se explica por qué tanto. Las golpizas que le propinaba no debieron ser y no aguantó de más.
Tuvo cinco hijos, con quien la maltrató tres y los otros dos nacieron fuera de Zacatecas, uno en Pachuca y otro en León.
Embarazada era la única manera en que la bailarina se establecía en algún lugar, por lo menos hasta el nacimiento de la criatura. En cuanto podía salir, volvía al circo.
Asegura que los dueños nunca le dieron privilegios. Recuerda que el dueño del circo Hermanos Fuentes Gazca y su hija Silvia Fuentes le daban algunas consideraciones porque la veían trabajando sola con sus hijas.
Fue en ese circo donde conoció Rosalinda el amor. Su actual esposo era acomodador en esa empresa y fue su tabla de salvación. El sentimiento que nació le aclaró que por el mago, ventrílocuo, payaso y golpeador no sentía ya nada. Hasta entonces halló el valor para dejarlo.
Actualmente viven juntos con los cinco hijos, en Tierra y Libertad. Sus hijos, cuando pequeños, se sentían cautivados por la vida a que estaban sometidos. Ir de aquí para allá era una aventura constante. Pero llegada la adolescencia buscaron establecerse, parar el viaje eterno, tener un techo sólido donde no se escuchara tanto el viento.


*Alumna de cuarto semestre en el IESCAC.
(Fotos: Xavier Vela / IMAGEN)
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